Rodolfo Walsh: El periodista que descifró a la CIA

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Rodolfo Walsh, escritor y periodista argentino

Rodolfo Walsh: El periodista que descifró a la CIA

 

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Walsh se traslada a La Habana en el año 1959 con el triunfo de la Revolución Cubana, invitado e incitado por Jorge Masetti, amigo y cronista de los sucesos en la Sierra Maestra. Por iniciativa del Che, Walsh, Masetti, Rogelio García Lupo, Gabriel García Márquez y otros periodistas latinoamericanos fundaron la agencia Prensa Latina para dar voz a Cuba, faro de una América que giró a la izquierda.

La preparación de la invasión de Bahía de Cochinos entró en su etapa final durante marzo de1961, cuando mantenía a los oficiales de la estación CIA en Guatemala implicados en un febril tránsito de cables cifrados hacia y desde Estados Unidos, sin imaginar que uno de esos informes sobre el entrenamiento de la brigada invasora en el país centroamericano alertaría a la dirección cubana sobre peculiaridades de la agresión.

No obstante, el rompimiento del secreto de los planes de la invasión no se logró precisamente por los servicios de seguridad cubanos y sí obedeció a la conjunción de la casualidad, la perseverancia y el extraordinario talento de Rodolfo Walsh, escritor y periodista argentino de 32 años, quien en 1960 laboraba como jefe de Servicios Especiales de la Agencia Prensa Latina en La Habana, donde compartía sus labores en la redacción con otro joven para entonces recién iniciado en el periodismo, Gabriel García Márquez.

Ricardo Massetti, también periodista argentino, fundó y dirigió la agencia latinoamericana Prensa Latina en 1959, por inspiración de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara para romper el bloqueo informativo de la prensa occidental sobre la Revolución cubana.

En su afán de perfeccionar el trabajo de la Agencia, el joven director estableció un sistemático seguimiento de la competencia mediante el examen diario de decenas de rollos de papel con despachos noticiosos de los teletipos, que los recibían por onda de radio e imprimían en textos de forma inmediata, pues era la tecnología fundamental para las comunicaciones periodísticas.

Esa rutina se rompió cuando llegó al despacho de Massetti un largo mensaje en clave de una empresa de comunicaciones, la Tropical Cable de Guatemala, que levantó la suspicacia de muchos y sobre todo de Walsh quien prefiguró una historia policíaca en aquel encriptado que decidió descifrar y lo hizo después de semanas de trabajo solo auxiliado de un texto elemental sobre la materia.

La historia quizás hubiera quedado en el olvido o en la inercia de los secretos del pasado hasta que en 1977 Gabriel García Márquez, participante en la historia, escribió un artículo en su memoria titulado: “Rodolfo Walsh, el escritor que se adelantó a la CIA”, en el cual narra aquella aventura de su amigo.

Reveló El Gabo en el artículo sobre Walsh que “ El cable estaba dirigido a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala, adscrito al personal de la embajada en ese país, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco en Cuba por cuenta del gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar en donde empezaban a prepararse los reclutas; la hacienda de Retalhuleu, un antiguo cafetal al norte de Guatemala”.

Precisó que compartió con Massetti la idea de enviar a Walsh a Guatemala con un pasaporte falso y con la fachada de pastor de iglesia protestante, vía Nicaragua y Panamá, “hasta encontrar el lugar exacto del campo de instrucción. Si lograba hacerse a la confianza de un recluta habría podido escribir un reportaje excepcional. Todo el plan fracasó porque Rodolfo Walsh fue detenido en Panamá por un error de información del gobierno istmeño. Su identidad quedó entonces tan bien establecida que no se atrevió a insistir en su farsa de vendedor de biblias.”

Aquel episodio de solidaridad con la Revolución cubana en la etapa previa de Playa Girón no quedó como un hecho aislado de juventud de Walsh, quien dedicaría el resto de su vida a la literatura y el periodismo revolucionario contra los regímenes pro imperialistas en la región. Coherente con esos principios se convirtió en luchador clandestino en su patria, Argentina, durante la última dictadura militar.

El 25 de marzo de 1977, en Buenos Aires, un grupo de tarea del mayor centro de tortura y muerte Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), le tiende un cerco a Rodolfo Walsh, quien resistió solo con su revólver y fue acribillado por los fusiles automáticos de los esbirros que desaparecieron su cuerpo.

Por: Jorge Wejebe Cobo

 

Playa Girón y el escritor que se adelantó a la CIA

 

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De izquierda a derecha, Jorge Ricardo Masetti, el Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias y Rodolfo Walsh, en la agencia de Prensa Latina.

Uno de mis mejores recuerdos de periodista es la forma en que el Gobierno revolucionario de Cuba se enteró, con varios meses de anticipación, de cómo y dónde se estaban adiestrando las tropas que habían de desembarcar en la Bahía de Cochinos.

La primera noticia se conoció en la oficina central de Prensa Latina, en La Habana, donde yo trabajaba en diciembre de 1960, y se debió a una casualidad casi inverosímil. Jorge Ricardo Masetti, el director general, cuya obsesión dominante era hacer de Prensa Latina una agencia mejor que todas las demás, tanto capitalistas como comunistas, había instalado una sala especial de teletipos sólo para captar y luego analizar en junta de redacción el material diario de los servicios de Prensa del mundo entero. Dedicaba muchas horas a escudriñar los larguísimos rollos de noticias que se acumulaban sin cesar en su mesa de trabajo, evaluaba el torrente de información tantas veces repetido por tantos criterios e intereses contrapuestos en los despachos de las distintas agencias y, por último, los comparaba con nuestros propios servicios.

Una noche, nunca se supo cómo, se encontró con un rollo que no era de noticias sino del tráfico comercial de la Tropical Cable, filial de la All American Cable en Guatemala. En medio de los mensajes personales había uno muy largo y denso, y escrito en una clave intrincada. Rodolfo Walsh, quien además de ser muy buen periodista había publicado varios libros de cuentos policiacos excelentes, se empeñó en descifrar aquel cable con la ayuda de unos manuales de criptografía que compró en alguna librería de viejo de La Habana. Lo consiguió al cabo de muchas noches insomnes, y lo que encontró dentro no sólo fue emocionante como noticia, sino un informe providencial para el Gobierno revolucionario.

El cable estaba dirigido a Washington por un funcionario de la CIA adscrito al personal de la Embajada de Estados Unidos en Guatemala, y era un informe minucioso de los preparativos de un desembarco armado en Cuba por cuenta del Gobierno norteamericano. Se revelaba, inclusive, el lugar donde iban a prepararse los reclutas: la hacienda de Retalhuleu, un antiguo cafetal en el norte de Guatemala.

Idea magistral

Un hombre con el temperamento de Masetti no podía dormir tranquilo si no iba más allá de aquel descubrimiento accidental. Como revolucionario y como periodista congénito se empeñó en infiltrar un enviado especial en la hacienda de Retalhuleu. Durante muchas noches en claro, mientras estábamos reunidos en su oficina, tuve la impresión de que no pensaba en otra cosa. Por fin, y tal vez cuando menos lo pensaba, concibió la idea magistral. La concibió de pronto, viendo a Rodolfo Walsh que se acercaba por el estrecho vestíbulo de las oficinas con su andadura un poco rígida y sus pasos cortos y rápidos. Tenía los ojos claros y risueños detrás de los cristales de miope con monturas gruesas de carey, tenía una calvicie incipiente con mechones flotantes y pálidos y su piel era dura y con viejas grietas solares, como la piel de un cazador en reposo. Aquella noche, como casi siempre en La Habana, llevaba un pantalón de paño muy oscuro y una camisa blanca, sin corbata, con las mangas enrolladas hasta los codos. Masetti me preguntó: “¿De qué tiene cara Rodolfo?”. No tuve que pensar la respuesta porque era demasiado evidente. “De pastor protestante”, contesté. Masetti replicó radiante: “Exacto, pero de pastor protestante que vende biblias en Guatemala”. Había llegado, por fin, al final de sus intensas elucubraciones de los últimos días.

Como descendiente directo de irlandeses, Rodolfo Walsh era además un bilingüe perfecto. De modo que el plan de Masetti tenía muy pocas posibilidades de fracasar. Se trataba de que Rodolfo Walsh viajara al día siguiente a Panamá, y desde allí pasara a Nicaragua y Guatemala con un vestido negro y un cuello blanco volteado, predicando los desastres del apocalipsis que conocía de memoria y vendiendo biblias de puerta en puerta, hasta encontrar el lugar exacto del campo de instrucción. Si lograba hacerse a la confianza de un recluta habría podido escribir un reportaje excepcional. Todo el plan fracasó porque Rodolfo Walsh fue detenido en Panamá por un error de información del Gobierno panameño. Su identidad quedó entonces tan bien establecida que no se atrevió a insistir en su farsa de vendedor de biblias.

Masetti no se resignó nunca a la idea de que las agencias yanquis tuvieran corresponsales propios en Retalhuleu mientras que Prensa Latina debía conformarse con seguir descifrando los cables secretos. Poco antes del desembarco, él y yo viajábamos a Lima desde México y tuvimos que hacer una escala imprevista para cambiar de avión en Guatemala. En el sofocante y sucio aeropuerto de la Aurora, tomando cerveza helada bajo los oxidados ventiladores de aspas de aquellos tiempos, atormentado por el zumbido de las moscas y los efluvios de frituras rancias de la cocina, Masetti no tuvo un instante de sosiego. Estaba empeñado en que alquiláramos un coche, nos escapáramos del aeropuerto y nos fuéramos sin más vueltas a escribir el reportaje grande de Retalhuleu. Ya entonces le conocía bastante para saber que era un hombre de inspiraciones brillantes e impulsos audaces, pero que, al mismo tiempo, era muy sensible a la crítica razonable. Aquella vez, como en algunas otras, logré disuadirle. “Está bien, che”, me dijo, convencido a la fuerza. “Ya me volviste a joder con tu sentido común”. Y luego, respirando por la herida, me dijo por milésima vez:

-Eres un liberalito tranquilo.

En todo caso, como el avión demoraba, le propuse una aventura de consolación que él aceptó encantado. Escribimos a cuatro manos un relato pormenorizado con base en las tantas verdades que conocíamos por los mensajes cifrados, pero haciendo creer que era una información obtenida por nosotros sobre el terreno al cabo de un viaje clandestino por el país. Masetti escribía muerto de risa, enriqueciendo la realidad con detalles fantásticos que iba inventando al calor de la escritura. Un soldado indio, descalzo y escuálido, pero con un casco alemán y un fusil de la guerra mundial, cabeceaba junto al buzón de correos, sin apartar de nosotros su mirada abismal. Más allá, en un parquecito de palmeras tristes, había un fotógrafo de cámara de cajón y manga negra, de aquellos que sacaban retratos instantáneos con un paisaje idílico de lagos y cisnes en el telón de fondo. Cuando terminamos de escribir el relato agregamos unas cuantas diatribas personales que nos salieron del alma, firmamos con nuestros nombres reales y nuestros títulos de Prensa, y luego nos hicimos tomar unas fotos testimoniales, pero no con el fondo de cisnes, sino frente al volcán acezante e inconfundible que dominaba el horizonte al atardecer. Una copia de esa foto existe: la tiene la viuda de Masetti en La Habana. Al final metimos los papeles y la foto en un sobre dirigido al señor general Miguel Ydígoras Fuentes, presidente de la República de Guatemala, y en una fracción de segundo en que el soldado de guardia se dejó vencer por la modorra de la siesta echamos la carta al buzón.

Alguien había dicho en público por esos días que el general Ydígoras Fuentes era un anciano inservible, y él había aparecido en la televisión vestido de atleta a los 69 años, y había hecho maromas en la barra y levantado pesas, y hasta revelado algunas hazañas íntimas de su virilidad para demostrarles a sus televidentes que todavía era un militar entero. En nuestra carta, por supuesto, no faltó una felicitación especial por su ridiculez exquisita.

Masetti estaba radiante. Yo lo estaba menos, y cada vez menos, porque el aire se estaba saturando de un vapor húmedo y helado y unos nubarrones nocturnos habían empezado a concentrarse sobre el volcán. Entonces me pregunté espantado qué sería de nosotros si se desataba una tormenta imprevista y se cancelaba el vuelo hasta el día siguiente, y el general Ydígoras Fuentes recibía la carta con nuestros retratos antes de que nosotros hubiéramos salido de Guatemala. Masetti se indignó con mi imaginación diabólica. Pero dos horas después, volando hacia Panamá, y a salvo ya de los riesgos de aquella travesura pueril, terminó por admitir que los liberalitos tranquilos teníamos a veces una vida más larga, porque tomábamos en cuenta hasta los fenómenos menos previsibles de la naturaleza. Al cabo de veintiún años, lo único que me inquieta de aquel día inolvidable es no haber sabido nunca si el general Ydígoras Fuentes recibió nuestra carta al día siguiente, como lo habíamos previsto durante el éxtasis metafísico.

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Fidel Castro en Playa Girón.

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Cuando Masetti lo vio acercarse, preguntó a García Márquez a qué se parecía Rodolfo Walsh, y el escritor le contestó que tenía cara de un pastor protestante.
“Exacto —replicó Masetti, radiante y preciso—, pero de pastor protestante que vende biblias en Guatemala.”

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Gabriel García Márquez en Prensa Latina.

 

(Publicado en El País, de España, el 16 de diciembre de 1981)

 

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Grupos por derechos humanos y admiradores de su legado reclaman aún que su casa argentina sea considerada sitio de interés cultural, pues la vivienda fue expropiada tras su asesinato. Foto: Tomada de Aire digital

 

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