El plagio electrónico del “copia y pega”: Una tendencia creciente al facilismo

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1).-Plagio Electrónico: el ámbito del copy-paste

 

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Copiar a otros antes se restringía a la persona más aplicada del aula y aunque en el ámbito de las TIC tome matices diferentes, el plagio es por mucho un mal antiguo. Incluso, uno de los primeros casos registrados ocurrió en el siglo I cuando el poeta romano Marcial acuñó el término y denunció en unos versos la apropiación de su obra por otro colega, quien entraba en la historia del plagio en la literatura.

Ahora, envuelto en nuevos espacios, plataformas y culturas colaborativas, el plagio se redimensiona y globaliza en Internet. Se vincula más con la sensación de rapidez y la supuesta imposibilidad de ser descubierto. En la red de redes no solo existe un sinfín de páginas para recabar información sobre una temática, sino también otras dedicadas de forma exclusiva a encontrar trabajos que plagiar.

Por tanto, Internet es un verdadero espacio de gloria para los que optan por el popular “copia y pega”, más ágil aún desde los medios electrónicos. Sin embargo, no es una práctica tan imperceptible como algunos creen gracias a los software anti-plagio desarrollados para la web.

¿Cómo identificar el plagio del siglo XXI?

Si bien los sitios donde se intercambian trabajos terminados y el volumen de información presente en Internet hace sentir que el plagio nadie lo encontrará, actualmente la verificación de datos robados no es manual.

Así como los métodos de uso de las tecnologías para este fin se han sofisticado, lo mismo ha sucedido con los métodos de detección. Al tiempo que existen sitios como El Rincón del Vago para “facilitarte la vida” o la Wikipedia, de donde extraer ideas sueltas; también hay plataformas que ponen sobre aviso a los profesores.

Los software más usados en la detección del copy-paste permiten introducir el texto sospechoso y sus sistemas comparan el contenido en bases de datos, para encontrar partes tomadas de fuentes sin citar. Desde Alma Mater recomendamos algunas de las plataformas online libres de pagos con dicha utilidad.

A quienes estudiamos podrían servirnos como autoevaluación para evitar esta problemática. Varias de las siguientes herramientas escanean la tarea enviada y permiten borrar de forma simple los casos de similitud con otros textos.

Quetext, por ejemplo, tiene una interfaz sencilla y precisa que indica un listado de URLs con coincidencias detectadas en nuestros informes, así como el porcentaje de texto plagiado. Puede considerarse la mejor para estudiantes, porque nos ofrece un asistente para citar la fuente original con el formato adecuado. Tal vez se acabaron los dolores de cabeza con APA 7ma Edición.

Con mecanismos similares trabaja Plagiarisma al recurrir a Google y Bing para encontrar los enlaces a los textos que coincidan con el introducido. Analiza 12 formatos distintos en más de 190 idiomas. Cuenta con aplicaciones para móviles u ordenadores, además de una versión de complemento para el gestor de e-learning Moodle, lo que permitiría su implementación a nivel institucional en las facultades.

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Por su parte, Plag.es detecta plagios en diferentes idiomas y, también, hace las veces de corrector al avisar de coincidencias dentro del mismo documento, frases mal citadas, etcétera. Plagiarismdetector.net, de igual forma, tiene otras facilidades como una herramienta para comprobar la gramática del texto y otra dedicada a parafrasear. Aunque ambas pueden resultar complejas al inicio, luego de un tiempo interactuando resultan muy efectivas.

Para finalizar está el servicio propio de Google para crear informes de originalidad. Assignments (o Tareas en español) es una herramienta colaborativa con muchas otras utilidades para la revisión de trabajos estudiantiles que se instala en el entorno online de aprendizaje o, incluso, en Canvas. Pero destaca por la posibilidad de evaluar posibles plagios sin salir de la plataforma.

Claro que siempre quedan modos más sencillos de detectar si un texto está plagiado. Basta con introducir en el buscador el fragmento que quieras someter a escrutinio. La idea es muy funcional para plagio literal, pues al entrecomillar esas palabras, inmediatamente aparecerán sitios coincidentes.

Comunidades de intercambio universitario

No se trata de demonizar los espacios de intercambio de apuntes y trabajos finales. Más porque algunos de ellos nacieron de las ideas originales de estudiantes universitarios, como El Rincón del Vago. Una iniciativa que surgió a finales de los 90’ y respondía al agobio de sus jóvenes creadores al repetir las mismas evaluaciones aunque cursaran ya su segunda carrera.

Al presentar espacios organizados, test de evaluación educativa, un blog y la Vagoteca este sitio encabeza la lista de comunidades que se adelantaron a iniciativas de Facebook y LinkedIn, red social laboral, con el fin de aglutinar a los estudiantes en torno a sus intereses para permitirles crear vínculos digitales.

O sea, estas comunidades como Monografías.com y Patatabrava son una representación global y mucho más compleja de lo que pretende ser un Entorno Virtual de Aprendizaje (EVA) de nuestras universidades. En suma, evidencian la funcionalidad y aceptación de los espacios interactivos donde los estudiantes puedan compartir recursos educativos.

Aunque evidentemente estas plataformas no deberían ser tomadas como fuentes primarias. Más bien, pueden considerarse sitios donde observar las formas de abordaje para un tema en otros países y asumir una postura crítica en busca de conocimiento científico verificado.

Uno de los riesgos de estas herramientas y del Ctrl+C/Ctrl+V son los posibles fallos en sus informaciones. Los informes pueden ser una copia de otros autores, o tener datos no comprobados y hasta incorrectos. Pero queda a la responsabilidad de cada uno contrastar la información y referenciar correctamente.

Con sus causas e impactos

En cuanto a la penalización, el fraude –incluso el ciberplagio– es considerado una falta muy grave que puede implicar expulsión o separación de 3 a 5 cursos de la Educación Superior, según la Resolución No. 240 /07 del MES que comprende el Reglamento Disciplinario Estudiantil.

Las medidas aplican para todas las formas de apropiación de conocimientos no adquiridos por esfuerzo propio. Incluye por ejemplo el llamado plagio de mosaico que puede ser resultado de una recogida de información descuidada si no tomamos nota de las fuentes y luego no las recordamos ni referenciamos. No obstante, el hecho de que el plagio no sea intencional tampoco exime de responsabilidad a sus autores.

Para los estudiosos encargados del artículo El plagio electrónico ¿necesidad del alumno promedio?, apuntan que ese tipo de prácticas más allá de ser penalizadas por las instituciones también implican una disminución en las capacidades estudiantiles para buscar información no solo en Internet, así como identificar la veracidad de datos para un trabajo a partir de la lectura analítica y reflexiva.

De igual forma proponen que el fenómeno a nivel regional e internacional demanda una mirada que reevalúe los programas de estudio y exámenes que se basan en la reproducción de ideas, resúmenes o actividades excesivamente teóricas sin pensamiento lógico y práctico. Sobre esa base convocan a acciones de prevención desde la alfabetización informacional del alumnado.

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2).-Academia y “copia y pega”: ¿Hacia una cultura del facilismo?

 

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Si tengo un libro que piense por mí, un pastor que reemplace mi conciencia moral, un médico que se encarga de mi dieta y salud, y así, sucesivamente, no necesitaré del propio esfuerzo.  Immanuel Kant

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También podríamos titular este texto “Se venden tesis para graduarse”, o “¡Viva la corrupción! Hacia una cultura del plagio”. Lo que queremos provocar es una reflexión en torno al modelo de sociedad que estamos construyendo con las tecnologías “hedonistas” que, día a día, pareciera van entronizándose sin retorno.

Mientras la informática define cada vez más la marcha de los grupos que fijan la vanguardia de la especie humana, mucha gente aún no dispone de energía eléctrica, no tiene acceso a un teléfono, y aún más, sigue siendo analfabeta.

Copiar íntegramente un texto y colocarlo dentro de otro cuando estamos estudiando, puede ser una maravilla técnica que nos ahorra engorrosos esfuerzos. Pero, ¿qué pasa cuando eso se convierte en el delito de plagio?

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Para un porcentaje creciente de personas en el mundo es ya un lugar común en su cotidianeidad el “copia y pega” (o “copy and paste”, como suele decírsele con frecuencia, evidenciando así la presencia anglosajona que rige buena parte de nuestra vida actual en cualquier punto del planeta).

Esto es algo reciente, aparejado a la explosión de la era informática. En las generaciones inmediatamente anteriores a las actuales -las que no conocieron la computadora ni el Internet, las que utilizaban aún la máquina de escribir (si tenían la dicha de ser alfabetizadas, claro está)-, no era siquiera remotamente pensable el fenómeno (aunque también se hacía plagio, claro está).

Sin duda se trata de un “fenómeno social”, de una formación cultural que va más allá de una práctica puntual determinada, de una moda o de un hábito irrelevante condenado a pasar sin pena ni gloria. Nada de eso.

Todo indica que estamos ante una nueva matriz cultural. Sin ánimo de ridiculizarlo, podría decirse que el “copia y pega” llegó para quedarse.

Pero, entonces: ¿qué es este dichoso “control c – control v” que aparece por todos lados?

La incorporación de las nuevas tecnologías cibernéticas en espacios crecientes de nuestra vida cotidiana tiene un valor tremendo, quizá similar a la aparición del fuego, de la agricultura, de los metales, la rueda o la máquina de vapor, esos elementos que sin lugar a duda son hitos definitorios de nuestra historia como especie.

Al igual que pasó con todos estos grandes eventos, la aparición de la computación y su uso cada vez más masivo en la cotidianeidad, a lo que se agrega el internet como su complemento obligado, definen un nuevo perfil de sociedad, de modo de relacionarnos, y sin dudas también, de sujeto.

Las llamadas TIC’s –tecnologías de la información y la comunicación– tienen hoy una fuerza creciente y son las que marcan el camino en lo que cada vez más se conoce e impone como “sociedad de la información”.

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Sociedad, por cierto, que sigue siendo profundamente asimétrica, desbalanceada, y por tanto injusta, donde muy buena parte de la población planetaria aún no tiene resueltos problemas ancestrales (el hambre, la vivienda, el acceso a satisfactores básicos) y a la que estas innovaciones no llegan.

Mientras la informática define cada vez más la marcha de los grupos que fijan la vanguardia de la especie humana, mucha gente aún no dispone de energía eléctrica, no tiene acceso a un teléfono, y aún más, sigue siendo analfabeta. Hoy por hoy, no más de un 20% de la población planetaria usa internet, pero no obstante estas profundas asimetrías, esas tecnologías crecen a velocidades vertiginosas y, como dioses omnipotentes, fuerzan a seguirles no importa a qué precio. El mito del “progreso infinito, sin retorno” se ha impuesto y no tiene marcha atrás.

El ámbito de la informática, por tanto, va definiendo nuestro mundo, nuestra vida, nuestra forma de movernos en ese mundo. Cada vez más la computadora y una conexión a la red de redes, el internet, moldean nuestra humana existencia.

Para infinidad de cosas (informarnos, divertirnos, producir, realizar compras, buscar amigos, hacer el amor, calcular la trayectoria de una nave espacial o separar la basura orgánica de la inorgánica, etc., etc.…) dependemos cada vez más de su uso. Tal como parece indicar esa tendencia, dentro de no muchas generaciones habremos asistido a cambios profundos, seguramente irreversibles, en las características generales de nuestra cultura teniendo a estas tecnologías como eje definitorio de lo que hacemos y dejamos de hacer.

Hoy, en el medio de una ya más que impuesta cultura consumista ávida de novedades, existe la tendencia a endiosar los productos nuevos, el último grito del mercado.

Por ejemplo, según estimaciones de la UNESCO, dentro de no muchos años lo que entendemos por educación formal tradicional, basada en la institución escolar presencial, habrá cambiado perdiendo protagonismo frente a estas nuevas modalidades virtuales, sin que sea nada improbable que la escuela física, en todos sus niveles, vaya tendiendo a su desaparición.

Así como sucederá –o ya está sucediendo– con los documentos impresos. El periódico y el libro pareciera que están condenados a su desaparición en un tiempo no muy lejano. De hecho, la prensa escrita y la correspondiente industria gráfica que la soporta no crecen; por el contrario, grandes diarios del mundo van extinguiéndose. Y el libro virtual, de momento lentamente, ya comienza a perfilarse como la nueva modalidad.

¿En cuántos años más pasará a ser pieza de museo, como ya lo son hoy grandes inventos de la modernidad, como el telégrafo, la máquina de escribir, el diskette? ¿Ya está pasando eso, incluso, con el correo electrónico, superado por las llamadas redes sociales?

La pantalla de una computadora, tal como van las cosas, será nuestro marco de referencia total, donde miraremos todo, donde nos educaremos desde nivel preescolar hasta los doctorados, y de la que dependeremos en forma creciente para todo. Y aunque mucha gente en el mundo aún no tiene siquiera energía eléctrica, mucho menos acceso a una computadora e internet, de todos modos también pasan a depender de esa cultura global asentada en los chips y en lo multimediático.

Las guerras en el África, por ejemplo, en buena medida tienen que ver con la búsqueda de coltán para los microprocesadores, aunque los niños africanos no tengan idea qué es un chip ni un satélite geoestacionario.

Una rápida conclusión que puede extraerse de lo dicho es que, merced a esa primacía de lo audiovisual, cada vez leemos menos. Leemos menos o, quizá, leemos de otra manera. La erudición intelectual ya no se expresará a partir de cuántos libros se llevan leídos sino de la cantidad de información que se maneja.

La cultura de lo virtual, de la pantalla de los multimedia, marca el camino (hoy día: pantalla plana de plasma líquido de alta definición, tanto de una computadora personal como de una portátil, o de una tabla, las cuales van dejando atrás lentamente al omnipotente televisor; o de un teléfono móvil inteligente, ya más cercano a una central de procesamiento de datos que a un aparato para hablar a distancia, sin contar con las nuevas modalidades que el mercado irá ofreciendo –obligando a consumir, mejor dicho–). En ese clima audiovisual dominante es que se inscribe la cultura del “copia y pega”.

Las guerras en el África, por ejemplo, en buena medida tienen que ver con la búsqueda de coltán para los microprocesadores, aunque los niños africanos no tengan idea qué es un chip ni un satélite geoestacionario.

Una rápida conclusión que puede extraerse de lo dicho es que, merced a esa primacía de lo audiovisual, cada vez leemos menos. Leemos menos o, quizá, leemos de otra manera. La erudición intelectual ya no se expresará a partir de cuántos libros se llevan leídos sino de la cantidad de información que se maneja.

La cultura de lo virtual, de la pantalla de los multimedia, marca el camino (hoy día: pantalla plana de plasma líquido de alta definición, tanto de una computadora personal como de una portátil, o de una tabla, las cuales van dejando atrás lentamente al omnipotente televisor; o de un teléfono móvil inteligente, ya más cercano a una central de procesamiento de datos que a un aparato para hablar a distancia, sin contar con las nuevas modalidades que el mercado irá ofreciendo –obligando a consumir, mejor dicho–). En ese clima audiovisual dominante es que se inscribe la cultura del “copia y pega”.

Pero más aún se divulgó, se impuso y cambió la manera de relacionarse con el mundo el ámbito de lo audiovisual. La lectura se popularizó y se universalizó en estos últimos siglos, pero mucho más lo hizo la cultura derivada de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. No en todas las casas hay libros… ¡pero sí hay televisores! Como van las cosas, podríamos decir que no en todas las casas en un futuro habrá libros, ¡pero sí computadoras con conexión a la red!

La tendencia dominante indica que es más fácil que una cultura ágrafa, de las que todavía existen algunas pocas en el mundo confinadas en parajes remotos, en general en la espesura de selvas tropicales (los antropólogos calculan alrededor de cien pueblos que aún se mueven en el pre-neolítico, sin agricultura), pueda pasar con mayor comodidad a la computación y al internet que a la cultura del libro impreso. En muchos países “subdesarrollados” no se mejora la dieta alimenticia… ¡pero se tiene teléfono celular!

La cultura virtual que se va imponiendo a pasos agigantados no es éticamente valorable como positiva o negativa. Es un ámbito que se abre.

Ante el primado del “copia y pega” que se va imponiendo, una primera reacción –no de las generaciones jóvenes, hay que recalcar– es un grito de alarma: “¡se lee cada vez menos! ¡Sólo se copia y se pega! ¿Dónde iremos a parar?”.

A un joven, a alguien nacido y criado en la cultura informática de estos últimos años (un llamado “nativo digital”), a alguien que se le hace más común buscar una palabra desconocida en una enciclopedia virtual con algún motor de búsqueda que consultar un diccionario de papel yendo a una biblioteca, seguramente no le parece nada descabellado copiar y pegar lo que vio en una pantalla. En definitiva: ¿por qué habría de parecerle así?

No puede decirse, de ningún modo, que las sociedades basadas en estos nuevos soportes de las llamadas tecnologías de punta, tecnologías de la información y la comunicación, sean menos educadas que las que se formaron en la cultura libresca de la modernidad capitalista. Esa visión no es sino la expresión de un concepto bastante restringido, que toma como referente la modernidad europea, donde la imprenta y la alfabetización marcaron una época, pero que no son el único modelo posible. Sin dudas la popularización de la lectura representó un avance fenomenal en la historia de la humanidad, en tanto universalizó los saberes, pero es un poco limitado pensar que sólo la cultura basada en la lectura de papeles es válida, o incluso: “la mejor”.

Existen muchas posibilidades para desarrollar los saberes. La computadora y el internet son instrumentos válidos, interesantes, prometedores, por lo que sería tonto pensar que sólo producen “copiadores” y “pegadores” vacíos. Plantearlo así es, cuando menos, ingenuo –por no decir equivocado–.

Aunque ello entraña un riesgo posible, sin dudas, y no debe dejar de considerárselo. Por el solo hecho de ser novedosa, una tecnología no forzosamente es buena, mejor que la anterior. Hoy, en el medio de una ya más que impuesta cultura consumista ávida de novedades, existe la tendencia a endiosar los productos nuevos, el último grito del mercado.

Sabemos que eso no necesariamente significa mejoramiento. Significa, ante todo -y muchas veces sólo- buenas ventas para el fabricante. De todos modos, más allá de la moda que pueda haber en juego (las multinacionales que manejan los mercados imponen el consumo voraz de nuevos equipos de computación, nuevos programas, nuevas tecnologías “exitosas”, con una velocidad cada vez más vertiginosa), en sí mismo estos avances no son, para decirlo de un modo quizá demasiado simplificado, ni buenos ni malos. Son instrumentos.

Lo cierto es que la profundidad y masividad de las nuevas técnicas informáticas y comunicacionales son tan grandes que, sin lugar a dudas, marcan caminos difíciles de evitar.

¿Una cultura del plagio?

Poner el grito en el cielo porque ahora, por ejemplo, los jóvenes “sólo copian y pegan” es, como mínimo, discutible. ¿Acaso antes de la aparición de estas tecnologías cibernéticas todo el mundo producía teoría? ¿Acaso la erudición era el pan nuestro de cada día en cada estudiante o en cada graduado en cuanta aula había en el planeta?

La existencia de libros, ¿asegura que todo el mundo tiene acceso a ellos? Sabemos que el analfabetismo sigue siendo una cruda realidad en el mundo, y sabemos también que, pese a existir cantidades de libros dando vueltas por el planeta, aunque tengamos la posibilidad de leerlos, no todos leemos (se prefiere quizá hablar, o hacer deporte, o mirar televisión pese a la crítica de Groucho Marx, o pasar horas en alguna red social), o leemos mal, o leemos lo mínimo indispensable.

Por lo pronto el auge monumental de las llamadas redes sociales nos confronta con horas y horas diarias dedicadas al solaz audiovisual pero no a la lectura, o a la lectura crítica propiamente dicha. El hecho que Twitter, una de las más populares redes sociales, admita textos de no más de 150 caracteres dice mucho.

No está de más recordar que los libros que más se venden hoy día a nivel mundial son los de autoayuda. Algo así como, valga la comparación jocosa,… horóscopos. ¿Somos tan falibles, débiles y mediocres que necesitamos esos apoyos? Bueno… pareciera que sí, a estar con las ventas reales constatables. La cultura del libro, o de documentos en papel (también se leen diarios, pero no olvidar que en muy buena medida se leen las páginas deportivas, las policiales, y también los horóscopos) no asegura una excelencia académica. Leyendo papeles no hay “copia y pega”, pero también puede haber mucha mediocridad.

Ahora bien: debe hacerse notar que la tecnología, en sí misma, tiene un valor instrumental, no es “buena” ni “mala”. En todo caso, depende de para qué se la usa. De todos modos, las TIC’s tienen la particularidad de haber creado una cultura sumamente particular. Por supuesto, resuelven interminables problemas de la vida cotidiana. He ahí su extraordinario portento, por supuesto. Pero al mismo tiempo inauguran una civilización que puede llamar a la reflexión. En relación a la lectura, no son lo que más la fomente precisamente. Por el contrario, la entrada triunfal y sin cuestionamientos del “copia y pega” a nuestras vidas debe abrir preguntas: ¿vamos bien por ese camino?

Vale hacerse la pregunta porque en el ámbito académico esta nueva modalidad ya ha dado lugar a numerosos procesos más rayanos en el delito que en la construcción de gloriosos avances. Son muchos los personajes (presidentes, ministros, jueces, connotados políticos, personalidades públicas) que han incurrido en el omnímodo “copia y pega”, encontrando como respuesta… el escarnio que les costó el puesto o la defenestración: Annette Schavan y Karl Theodor zu Guttenberg en Alemania, Jorge Glas en Ecuador, Victor Ponta y Pál Schmitt en Hungría, Manuel Baldizón en Guatemala, Alejandro Blanco y Manuel Cervera en España, Vladimir Gruzdev y Pavel Astajov en Rusia, María Salomé Sánchez en Colombia, César Hinostroza Pariachi en Perú.

Estos son ejemplos de personas con ribetes públicos; casos de desconocidos seguramente deben contarse por decenas, o cientos. Para muestra: lo que a mí también me sucedió (y me incluyo entre los desconocidos, con el agregado de no ser, precisamente, de los más brillantes en términos académicos). En el año 2008 publiqué una pequeña reflexión sin mayores pretensiones científicas en el portal Rebelión: Migraciones, ¿un problema en el siglo XXI?. Años después encuentro que un trabajo de tesis de grado de una universidad de la ciudad de Loja, Ecuador (tenida por la “capital cultural del país”), en el año 2010, hace uso de buena parte de ese material mío. ¿Plagio?

En definitiva: esta tendencia actual del “copy-paste” que han instaurado las nuevas diosas tecnológicas no es sino un aspecto instrumental. Las tecnologías, en sí mismas, no son sino eso: herramientas, ayudas para la vida.

Reflexionemos: si dejamos de pensar por nosotros mismos, alguien más lo hará por nosotros. La respuesta puede ser escalofriante.

La cultura virtual que se va imponiendo a pasos agigantados no es éticamente valorable como positiva o negativa. Es un ámbito que se abre. Puede dar lugar a la más mediocre masificación manipulada desde los centros de poder –¿no es eso lo que instauró la escuela moderna masificada con el uso del libro acaso, una institución productora y reproductora del sistema capitalista?– o puede dar lugar también a una instancia liberadora, como el sitio electrónico donde ahora aparece este material.

Pero no puede dejarse de mencionar con la más enérgica fuerza del caso que el hedonismo implícito en estas tecnologías digitales facilita demasiado la improductividad. Si uno de los sitios más visitados por estudiantes (¡y también profesores!) tiene por nombre nada más y nada menos que “El Rincón del Vago”, ello nos puede alertar sobre lo que está en juego: no siempre las tecnologías de avanzada son ventajosas. ¿Acaso fomentar el plagio es ventajoso? ¿Debería yo, por ejemplo, promover un juicio porque fui plagiado o, quizá más académica y científicamente, llamar a la reflexión sobre el peligro en juego?

Ojalá, en todo caso, copiemos y peguemos todo lo que pueda ayudar a abrir los ojos, a fomentar pensamiento crítico. Pensemos en el borde que existe entre aprovechar una tecnología (¡la cantidad de fichas hechas a mano que nos puede ahorrar el copia y pega es fabuloso!) y el delito.

El capitalismo mafioso y corrupto actual, basado en las finanzas, la especulación, la guerra y la narcoactividad como sus pilares fundamentales (¿delito?) ¿se corresponde también con una cultura mafiosa y corrupta como puede ser la del “copia y pega”? Si es así, leamos de nuevo muy concienzudamente la cita del epígrafe. Y reflexionemos que si dejamos de pensar por nosotros mismos, alguien más lo hará por nosotros. ¿Hacia eso vamos? La cuestión es: ¿quién pensará por nosotros? La respuesta puede ser escalofriante.

 

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Publicado por: David Díaz Ríos CubaEstrellaQueIlumina

 

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