José de la Luz y Caballero, ejemplo de pedagogo cubano

Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo. José de la Luz y Caballero

 

 Considerado “el maestro que enseñaba todas las ciencias”, José de la Luz y Caballero —pedagogo y filósofo cubano—, al decir de José Martí “(…) no podía sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer hombres”.

Nacido en 1800 en La Habana, fue formador de conciencias,  enalteciendo el sentido de la nacionalidad; escribió libros de texto, artículos en las publicaciones periódicas de su época y discursos, además de realizar traducciones.

“Aforismos” es su obra más sorprendente; en ella plasmó datos y observaciones de sucesos que llamaron su atención a lo largo de la vida.

Para él, el magisterio era un arte y el deber del maestro, habituar a los alumnos a que pensasen por sí mismos. Esa idea trasciende su época y llega hasta nuestros días como meta para los educadores cubanos.

Fue conocido por la implantación de métodos modernos de enseñanza, y siempre buscó respaldo en los últimos adelantos de la ciencia, a través del uso de nuevas técnicas de investigación.

Más de 150 años han transcurrido desde su muerte, y su pensamiento continúa vigente en las nuevas generaciones de maestros.

Amanda de la Caridad Comendador Niño es una joven camagüeyana, graduada hace sólo un año de la Escuela Pedagógica “Nicolás Guillén”, y opina que su amor por la profesión crece cada día cuando los niños se acercan y la llaman “maestra”.

Para ella significó mucho la conocida frase de La Luz y Caballero: “Instruir puede cualquiera, enseñar sólo aquel que sea un evangelio vivo”, y por eso asegura que el buen profesor estudia la vida entera y no sólo la materia a impartir, sino todo lo que contribuya a fortalecer su conocimiento político, económico, religioso y social.

Actualmente, se desempeña en la escuela “Héroes del Moncada”, de la Educación Especial, en la capital agramontina, centro en el que 21 niños con trastornos del espectro autista reciben tratamiento multidisciplinario, sistemático e individualizado.

Según Caridad, ser maestro implica, ante todo, preparación, compromiso y se necesita mucho amor para lograr buenos resultados.

“El secreto es ser ejemplo en el aula, eso también lo aprendí de José de la Luz y Caballero”, sentenció.

Este brillante pedagogo y líder cívico falleció en La Habana, el 22 de junio de 1862. Según datos de la época, en toda Cuba se cerraron las escuelas durante tres días en señal de luto.

José de la Luz y Caballero, ejemplo de pedagogo cubano / Darycel Martínez Esteban

José de la Luz y Caballero, formador de conciencias

 

José de la Luz y Caballero, uno de los pilares de la pedagogía y del pensamiento esencialmente nacional, falleció el 22 de junio de 1862 en La Habana, su ciudad natal, donde desempeñó en lo fundamental su inmensa obra como maestro, investigador, filósofo y con el bien ganado prestigio entre sus coetáneos, por suerte, de ser un formador de juventudes y conciencias.

Había nacido el 11 de julio de 1800 y fue un discípulo aventajado del revolucionario y extraordinario Félix Varela. También su tío, el destacado pedagogo José Agustín Caballero, igualmente catedrático del Seminario de San Carlos y San Ambrosio donde se graduó de Bachiller en Leyes, se había ocupado de ofrecerle desde temprano una formación docente de altura, tras la muerte de su padre.

Hoy por hoy, José de la Luz y Caballero, a juicio de entendidos, forma parte junto al precursor padre Varela, desde principios del siglo XIX, y a José Martí más adelante, de una poderosa trilogía intelectual, considerada medular en la formación del proceso ideológico clave para lo que hoy se conoce como identidad nacional y conciencia patriótica nacional.

También, por conductos morales no visibles en su época, pero que José Martí en cambio detectó y enunció certeramente, su obra fue muy influyente en el movimiento político en que cristalizó después con las luchas libertarias iniciadas en 1868, cuando la necesidad histórica fue perentoria.

Martí señaló oportunamente, a tiempo para hacer sobre él aclaraciones muy necesarias: “Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad”.

Su obra más conocida y valorada es la pedagógica. Desde muy joven quedó deslumbrado con la impronta del padre Varela, del cual tomó para siempre su afán de querer reformar y cambiar el método educativo caduco de la enseñanza colonial, basado en la rígida escolástica, dentro de la cual la memorización a ultranza ofendía la inteligencia de los estudiantes.

Como Varela y su tío, Don Agustín, preconizaban la experimentación y el método científico, dieron gran valor a la enseñanza de la física y la química, en auge tras la difusión del faro que representaba para ellos el Iluminismo francés y el método cartesiano para el conocimiento de materias y el mundo. Absorbieron lo más avanzado del conocimiento universal.

Fue autor de artículos en varias s publicaciones de su época. También de libros de enseñanza e hizo numerosas traducciones, ya que era versado en varios idiomas entre ellos francés, italiano y alemán, además del español y el latín, que dominaba desde los 12 años, pues era básico en su formación religiosa inicial, carrera que abandonó años más tarde, sin dejar de impartir clases en el Seminario.

Hoy aún fascina, debido a su sorprendente actualidad, su obra Aforismos. Se trata de sentencias breves, conclusiones de un sabio, a las que su privilegiada lucidez y cultura general profunda y deductiva lo llevaban continuamente.

Entre ellos figuran: “Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo”. “Quien no sea maestro de sí mismo, no será maestro de nada”; “Todo en mi fue, y en mi patria será”; “Háganse respetables los maestros y serán respetados”; “Los Estados Unidos: una colmena que rinde mucha cera, pero ninguna miel” y “Tengamos la educación y tendremos Cuba”.

Otra obra importante fue Elenco de 1835 o de Carraguao, nombre de uno de los colegios donde se desempeñó.

Se considera que de La Luz y Caballero “inició el viraje del pensamiento cubano hacia el empirismo, tomando un sesgo materialista”.
Esto lo llevó a cabo incluso cuando fue director de la Cátedra de Filosofía del Seminario de San Carlos.

Sin embargo, su audacia tenía que convivir con el poderoso mando y cerrojos de la Iglesia católica, no solo en la enseñanza sino también en la vida espiritual de una nación que, a pesar de todo, disentía y se fraguaba a sí misma desde adentro.

Fue también Director del Colegio de San Cristóbal, en el cual abrió por vez primera la Cátedra de Química, y ofreció un curso de Filosofía, entre 1834 y 1835.

Se le recuerda encarecidamente por haber fundado el Colegio del Salvador, en enero de 1848, reputado incluso en aquel tiempo por dar vía abierta a los más modernos métodos de enseñanza. Allí puso a disposición de estudiantes y catedráticos el tesoro de su biblioteca particular.

Siempre entendió que el deber del maestro estaba en transmitir a los alumnos que pensasen por sí mismos.

Se hizo llamar con los seudónimos Un Habanero, El Justiciero, Un amante de la verdad y El amigo de la juventud.

A pesar de no participar en movimientos políticos de manera ostensible, en la década de 1840 se le quiso implicar en el movimiento nombrado La Conspiración de la Escalera, pero su caso fue sobreseído.

Su amor por Cuba era conocido. Su vida demostró, como afirmó el destacado intelectual Carlos Rafael Rodríguez, que “su cubanismo era firme”. Martí dijo además que dedicó su vida a formar hombres “rebeldes y cordiales”. Para los que quisieron verlo más impetuoso en los rumbos de la política, el Maestro recordó que los pueblos, que son infalibles, siempre saben reconocer dónde está la verdad en lo que no se ve o no se dice.

 

José de la Luz y Caballero, silencioso fundador de la conciencia cubana

 

¿Qué conforma el espíritu, el altruismo, la grandeza de un ser humano? ¿Los hechos de su vida y las personas que comparten su trayectoria determinan sus proezas? Preguntas siempre necesarias y que precisan formularse sobre los próceres de un país.

En este junio se cumplen 157 años de la muerte de José de la Luz y Caballero. Una personalidad que persiste en el olimpo de los hombres ilustres de la Historia universal. Es ocasión oportuna, entonces, para recordar las ideas y logros de un hombre que entregó su vida al magisterio y a la educación pública.

José de la Luz y Caballero nació en Cuba en el 1800, cuando la isla aún era un territorio ultramarino de la colonia española. Al quedar huérfano a los siete años de edad, su tío lo llevó a estudiar al Seminario de San Carlos y San Ambrosio; y al cabo de los años, de la Luz conocería a Félix Varela, otro de los nombres indispensables del forjamiento de la nación cubana, y su principal referente a la hora de impartir sus conceptos o poner en práctica su metodología.

Sobre Varela, dejó cincelado el maestro de la Luz: “Mientras se piense en Cuba, se pensará con respeto y veneración en aquel que nos enseñó a pensar”.

Debemos recordar que Caballero vivió en una de las épocas doradas de la cultura cubana, el siglo XIX, en medio del despertar de una conciencia en torno a la propia identidad de los cubanos; en un momento en que la producción ideológica, educativa y cultural de los habitantes de la isla buscaba emular la tradición europea y las nuevas corrientes que se producían en el resto del mundo. Es así que las mentes más brillantes de estos años revolucionaron las ideas retrógradas y estancadas de un dominio hegemónico que buscaba, también a través del conocimiento, parcelar a sus colonizados.

Caballero fue un revolucionario en todas las actividades que protagonizó. Fue contrario a las tendencias escolásticas de la filosofía; adoptó el empirismo como forma válida de conocimiento; entendió la filosofía como disciplina capital para el análisis de los valores y comportamientos, así como la armonía entre las verdades religiosa y filosófica, ambas vertientes coexistentes del intelecto humano.

José de la Luz y Caballero fue, entre las excelsas mentes de su tiempo, el que José Martí llamara el “silencioso fundador”, justamente por sembrar en las generaciones futuras los fundamentos de la nación cubana y sus necesidades. Fue el maestro supremo, el maestro por excelencia, en la educación y construcción de un sentido moral que lo trascendió y que fácilmente puede encontrarse en acciones libertadoras que lo sucedieron.

 

 

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Publicado por: David Díaz Ríos / CubaEstrellaQueIlumina

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