Cómo Cuba logró atender a más niños de Chernóbil que cualquier otro país

Fidel Castro recibe a los “niños de Chernóbil”, La Habana, Cuba, el 2 de julio de 1990. / Prensa Latina / Reuters

Cómo Cuba logró atender a más niños de Chernóbil que cualquier otro país

La Habana ofreció ayuda estatal masiva y gratuita a los niños afectados por la radiación tras la catástrofe nuclear.


Chernóbil: Es el nombre que recibe el accidente nuclear sucedido en la central nuclear de Chernóbil (Ucrania) el 26 de abril de 1986. Este suceso ha sido considerado el accidente nuclear más grave según la Escala Internacional de Accidentes Nucleares y uno de los mayores desastres medioambientales de la historia. Ecured

El 26 de abril de 1986, estalló el cuarto reactor de la planta nuclear de Chernóbil. La catástrofe contaminó un área de cerca de 140.000 kilómetros cuadrados donde vivían alrededor de 7 millones de ciudadanos soviéticos, provocando una oleada de enfermedades relacionadas con la radiación en el territorio, que incluía partes de tres repúblicas de la URSS: Ucrania, Rusia y Bielorrusia.

La tragedia incluye un eminente episodio poco reflejado por los medios de comunicación: la asistencia cubana a decenas de miles de “niños de Chernóbil”.

Respuesta inmediata

En febrero de 1990, el Comité Central del Komsomol (Unión Comunista de la Juventud) de Ucrania emitió una solicitud de ayuda internacional a los niños víctimas de Chernóbil.

“Esto fue un jueves, y el sábado teníamos ya una respuesta de la alta dirección de nuestro país de que estaban preparados los tres mejores especialistas en las patologías más frecuentes en la niñez y que podían viajar de inmediato a Ucrania”, dijo en el 2006 Sergio López Briel, quien era el cónsul cubano en la URSS en 1990.

Poco después, los médicos —Martha Longchong Ramos, José Manuel Ballester Santovenia y José Ricardo Güell González— inspeccionaban los pueblos contaminados por la radiación. Ya el 29 de marzo, las dos primeras aeronaves con 139 niños con enfermedades oncohematológicas a bordo aterrizaron en el aeropuerto de La Habana.

Lo hicieron a pesar de los obstáculos creados por los funcionarios soviéticos, reveló el presidente del Fondo Juvenil Ucraniano de Chernóbil, Alexander Bozhko: “Uno de los aviones cubanos acababa de salir de reparaciones de la fábrica de Taskent [capital de Uzbekistán] y aún no habían terminado de pintarlo. Al otro le cambiaron su ruta habitual Roma-La Habana para mandarlo a Kiev”.

Al recibir al primer grupo de niños, Fidel Castro anunció que su país iba a recibir a 10.000 pacientes de la Unión Soviética.

No lo pude creer. Le pregunté al traductor si se había equivocado. Pero no era un error. Los cubanos hicieron eso, y más”, dijo Liliya Piltyay, de la Unión Comunista de la Juventud de Ucrania, que escoltaba a los niños.

El balneario de Tarará

Cuando llegaron los primeros vuelos, los niños fueron llevados a dos hospitales pediátricos de La Habana: elWilliam Soler y el Juan Manuel Márquez.

No obstante, al entender la verdadera magnitud de la catástrofe, el Gobierno cubano empezó a buscar un nuevo alojamiento capaz de recibir a todas las personas que necesitaban ayuda. Lo halló en el campamento de pioneros José Martí en Tarará.

La zona, de unos 11 kilómetros cuadrados, que cuenta con 850 metros de playa, fue transformada por brigadas de trabajo voluntario hacia julio de 1990.

“Camiones con trabajadores, jóvenes, hombres y mujeres iban directo para Tarará de diferentes municipios. […] Miles de personas que había que coordinar y organizar todos los días”,  describió el doctor Julio Medina, en una entrevista con Militante.

El programa ‘Niños de Chernóbil’

Según el programa elaborado por el Gobierno cubano, la selección de los pacientes se realizaba con base en varios criterios, formando cuatro grupos dependiendo de la gravedad de su estado. Cada uno de los grupos tenía cierta cuota entre las personas que viajaban a la isla.

Los servicios médicos se estructuraban en tres niveles. El primario suponía la terapia médica ofrecida tanto en clínicas como en las propias viviendas de los pacientes. El secundario requería el tratamiento en el Hospital de Tarará. Por fin, el terciario incluía la atención en las instalaciones médicas especializadas en la capital del país.

Se suponía el envío de psicólogos y médicos de Ucrania, lo que facilitaba la comunicación con los enfermos.

Todo eso se acompañaba por el trato humano por parte del personal del hospital y cubanos de a pie. Así, el programa de rehabilitación psicológica incluía excursiones y actividades culturales, y los trabajadores solían hacer dulces a los niños y regalarles un pastel para sus cumpleaños.

“Este apoyo social vino del pueblo, de las personas. […]  Eso no lo puede dirigir nadie. No lo puede dirigir ni el Gobierno ni la política. Esos son valores. Por supuesto esos valores nacen con la revolución y su política, con una forma de vivir. Pero expresaban esos valores de forma espontánea“, afirmó Medina.

“No lo estamos haciendo por publicidad”

Desde el inicio del programa, Cuba proponía prestar los servicios médicos gratuitamente, solo pidiendo a la URSS pagar el transporte de los niños. No cambió esa política ni en los años más duros después del colapso del bloque soviético, cuando la isla vivía una enorme crisis económica durante el llamado ‘período especial en tiempos de paz’.

En efecto, esto significa que La Habana soportaba la parte abrumadora de los gastos. Por ejemplo, en 1997, el tratamiento de un niño con una enfermedad oncohematológica costaba tanto como la organización del vuelo de 160 personas, detalló entonces la revista ucraniana Zerkalo Nedeli.

Los propios cubanos nunca nos dirán qué fondos dedican a nuestros hijos”, escribió la reportera Valentina Petrochénkova. “En una conversación el jefe del centro de bienestar en Tarará respondió a tal pregunta: ‘No sé, no lo calculamos'”, reseñó.

Según reveló López Briel en el documental ‘Chernóbil en nosotros’ (2009), Fidel tampoco quería demostrar las dificultades que tenía su país en el curso del programa. “Este es un deber elemental que estamos haciendo con el pueblo soviético, con un pueblo hermano. No lo estamos haciendo para publicidad“, afirmó después de la llegada del primer grupo de niños enfermos.

Según estimaciones, hacia el 2009 la isla gastó 350 millones de dólares, una suma enorme para la nación caribeña, solo en medicamentos.

El programa fue terminado en el 2016. Cuba fue el único país que atendió gratuita y masivamente las víctimas de la catástrofe de Chernóbil.

Diferentes instituciones benéficas también contribuyen a la recuperación de los afectados. Así, por ejemplo, la organización Chernobyl Children International, con sede en Irlanda, logró enviar a 25.000 menores a familias anfitrionas irlandesas. En el 2008, existían en el Reino Unido más de 70 proyectos que organizaban las vacaciones de recuperación para los “niños de Chernóbil”

LEER MÁS: Cuba sola atendió más niños de Chernobil que todo el mundo.

Fuente:

Cómo Cuba logró atender a más niños de Chernóbil que cualquier otro país / RT

La otra historia de Chernobyl /  Rosa Miriam Elizalde

El anticomunismo surfea en la cresta de la ola de los debates que han acompañado la miniserie Chernobyl, de HBO. Muchos de los que se han apurado en llamarla la mejor producción televisiva de todos los tiempos, han reducido sus indiscutibles valores artísticos a una lectura utilitaria y simplista que no se permite otro punto de vista que el de introducir en la izquierda un sentimiento de culpa de dimensión universal.

Sin embargo, la historia de la tragedia de Chernobyl tiene otros capítulosque han quedado fuera de la serie y que trascienden el accidente nuclear, el juicio a los burócratas soviéticos que coartaron la información de los hechos y el suicido del científico Valeri Legásov, director del Instituto Kurchatov de Energía Atómica y uno de los que dirigió la operación de control de daños, héroe trágico de la exitosa producción de HBO.

Craig Mazin, el guionista, no esconde su admiración por quienes se encargaron, muchos a costa de sus propias vidas, de neutralizar en la medida de lo posible las consecuencias de la explosión atómica. Bomberos, mineros, obreros de la construcción, soldados y simples funcionarios, realizaron trabajos en condiciones de exposición radiológica extrema. Los “liquidadores” -como se les llamó- no fueron una horda de pobres diablos. Una turba de ignorantes no sirve en un accidente tan complejo. La mayoría eran físicos nucleares, geólogos, mineros del uranio con experiencia en la manipulación de estas sustancias, que sabían perfectamente a lo que se exponían. Hasta el día de hoy, colectivos que agrupan a los “liquidadores” supervivientes en Ucrania, Biolorrusia y Rusia, muestran su orgullo por haber realizado una tarea colosal que ha salvado y sigue salvando vidas.

Hay otra historia del accidente sepultada durante décadas junto con el reactor de Chernobyl. Las víctimas de las radiaciones, durante 21 años consecutivos, viajaron más de 9 000 kilómetros para curarse de las terribles secuelas en una playa del Atlántico. Veintiséis mil 114 afectados, de ellos unos 23 000 niños, ocuparon las casas de Tarará, un balneario de arenas blanquísimas a 27 kilómetros de la capital cubana, donde está, según Ernest Hemingway, “el mejor embarcadero de La Habana”.

Recibidos por Fidel Castro al pie de la escalerilla del avión, los primeros pacientes iniciarían el 29 de marzo de 1990 el proyecto de atención integral a niños afectados por desastres, que benefició también a víctimas del terremoto de Armenia en 1988 y a brasileños que manipularon una fuente radioactiva de Cesio 137 en la ciudad de Goiâgnia, otro accidente nuclear que contaminó a cientos de personas en 1987, un año después de Chernobyl y del cual no se habla.

Cuba fue el único país que respondió al llamado del gobierno de Ucrania para atender a las víctimas del reactor con un programa de salud masivo y gratuito, que incluyó no solo los servicios médicos y el seguimiento a cada caso hasta su recuperación final, sino la atención sicológica y docente. Además de hospitales, en Tarará se crearon aulas y centros de recreación para aquellos niños que necesitaban estancias prolongadas y que viajaron a la Isla con familiares y maestros.

Los efectos de la radioactividad de Chernobyl se prolongaron por más tiempo que las bombas que lanzó el gobierno de Estados Unidos en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, pero su mortalidad fue mucho más reducida gracias a los “liquidadores” y al sistema de salud cubano. Aunque no hay cifras concluyentes, expertos de Naciones Unidas han evaluado que unas 4 000 personas murieron como consecuencia del accidente nuclear frente a 246 000 muertes en Hiroshima y Nagasaki, el 20 por ciento a consecuencia de lesiones o envenenamiento por radiación.

En la actualidad no se ha detectado un aumento significativo de leucemia en la población de las zonas contaminadas en las ex Repúblicas soviéticas. La razón parece responder al hecho de que ucranianos, bielorrusos y rusos se beneficiaron de los primeros ensayos clínicos con las vacunas contra el cáncer creadas por científicos cubanos, y también, de tratamientos pioneros en el mundo para combatir la leucemia y la despigmentación de la piel. Los mejores científicos y los pediatras más renombrados atendieron a aquellos niños que necesitaron de una legión de traductores para cumplir los programas médicos y aliviar el terror de las familias. No sin costo para Cuba. El proyecto Tarará se mantuvo contra viento y marea incluso durante la terrible década 90 del siglo pasado, cuando el país caribeño vivió la peor crisis económica que se recuerde, tras el derrumbe de la Unión Soviética y el endurecimiento de las sanciones de Washington, que oportunistamente apretó el cerco para rendir a la Isla rebelde.

La mayoría de los niños que llegaron a Tarará regresaron sanos a su país, pero Aleksander Savchenko se quedó viviendo en la Isla. Totalmente curado, estudió Estomatología, se casó y tiene una niña mitad cubana, mitad ucraniana. Si usted mira ahora mismo en su muro de Facebook, verá que su último post es una noticia reciente: “50 niños ucranianos serán atendidos en Cuba, como parte de un nuevo programa de cooperación inspirado en el programa ‘niños de Chernobyl’”.

(Tomado de La Jornada) /La otra historia de Chernobyl

Chernóbil se cura en La Habana: El episodio que no contó HBO

Las playas de Tarará son todo lo que se puede esperar del Caribe cubano. Mar cálido azul turquesa, palmeras idílicas sobre arena fina y ocre, brisa suave. Un puñado de casitas bajas con jardín se ordenan sobre una cuadrícula perfecta a escasos 30 kilómetros al este de La Habana. En el centro, un tosco edificio con la pintura rojiza ajada por el salitre esconde uno de los episodios menos conocidos del desastre de Chernóbil.

Erigida en la década de los 50’, la urbanización de Tarará sirvió de barriada de veraneo para la élite burguesa y militar del país durante la dictadura de Fulgencio Batista y luego pasó a ser un gigantesco campamento deportivo infantil de la Organización de Pioneros José Martí. Pero, a partir del 29 de marzo de 1990, este balneario paradisíaco pasaría a albergar el mayor programa sanitario para los niños afectados por el accidente de la planta nuclear de Chernóbilcuatro años antes.

Entre 1990 y 2011, el hospital pediátrico de Tarará atendió a más de 25.000 infantes víctimas de la radiación en Ucrania, Rusia y Bielorrusia, la mayoría afectados por cáncer, deformaciones, atrofia muscular, problemas dermatológicos y estomacales. Y muchos con altos niveles de estrés postraumático por haber experimentado el horror nuclear.

Además de las instalaciones clínicas para los afectados —que llegaron a concentrar dos hospitales y una veintena de ramas médicas en el cuadro profesional—, la pequeña ciudad disponía de un teatro, varias escuelas y áreas recreativas que se extendían por casi dos kilómetros de playas cristalinas.

«Fidel me dijo ‘no quiero que estés yendo a la prensa, ni que la prensa esté yendo al consulado. Este es un deber elemental que estamos haciendo con el pueblo soviético, con un pueblo hermano. No lo estamos haciendo para publicidad’», relata el excónsul cubano Sergio López en el documental ‘Chernóbil en nosotros’.

Casi 30 años después de que el propio Fidel Castro recibiera al pie de la escalerilla del avión al primer contingente de 139 niños, un reciente acuerdo firmado entre el Ministerio de Salud de Cuba y el Gobierno ucraniano abre la puerta a una posible reedición del programa coincidiendo con la atención suscitada por la serie de HBO sobre Chernóbil.

La Agencia Cubana de Noticias anunció que un nuevo grupo de 50 niños ucranianos, muchos de ellos hijos de quienes a comienzos de los 90’ vivieron la misma experiencia en la nación caribeña, viajará en 2019 a La Habana para tratarse sus dolencias.

La playa ‘antirradiación’

La mañana del 26 de abril de 1986, una serie de errores fatales afectaron al reactor número 4 de la central atómica Vladimir Ilyich Lenin, cuyo núcleo del reactor quedó expuesto arrojando gran cantidad de material radioactivo en medio de varias explosiones y un intenso incendio que duró diez días.

Pripyat, una ciudad de 50.000 habitantes construida para alojar a los trabajadores de la instalación y a sus familias, no fue evacuada hasta 36 horas después de la explosión. Cientos de miles de adultos y niños quedaron expuestos a la contaminación. Muchos de los menores desarrollaron luegocáncer de tiroides y leucemia, probablemente por inhalación o ingestión de yodo 131 o celsio 173.

Los pacientes solían ser “portadores de más de una enfermedad crónica”, acompañadas de severas alteraciones psicológicas, según un estudio realizado por los doctores cubanos Julio Medina, coordinador durante años del Programa; y Omar García, investigador del Centro de Protección e Higiene de las Radiaciones. Por ello clasificaron a los afectados en cuatro grupos, desde los más graves, que podían permanecer durante meses en la isla, a los “relativamente sanos” del grupo IV, que permanecían entre 45 y 60 días.

Durante años, las playas de Tarará se poblaron de niñas rubicundas y chavales pálidos que los habaneros se acostumbraron a ver tomando el sol en la playa fuera de la temporada veraniega. Broncearse y sumergirse en el agua marina era parte complementaria del tratamiento con melagenina y pilotrofina que recibían para mejorar la pigmentación de su piel y el crecimiento del cabello.

«Puedo decir, sin exageración, que para nosotros Cuba ha sido la salvación», cuenta la joven madre Natasha Salimova mientras mece a su niño afectado por parálisis cerebral en un carrito, en una pieza de la agencia estadounidense Associated Press de 1999, en el que se puede ver la clínica cubana en funcionamiento.

Milagro en Período Especial

Tres meses antes de la llegada de los primeros niños, Fidel Castro avisaba desde el Teatro Karl Marx en La Habana que venían malos tiempos. La caída del Muro de Berlín era el preludio de la inminente implosión del bloque soviético. Los problemas en Europa Oriental podrían ser “tan graves que nuestro país tuviera que enfrentar una situación de abastecimiento sumamente difícil”, dijo Castro ya en enero de 1990.

Era el prólogo del Período Especial en el que se sumergió la isla durante más de un lustro, marcado por la escasez y los apagones. Pese a la desaparición del campo socialista europeo, Cuba quiso mantener en marcha el programa de los niños de Chernóbil.

«Aunque Cuba atravesó momentos económicamente difíciles, nuestro Estado siguió ofreciendo a los menores atención especializada, cumpliendo un compromiso de solidaridad», señalaba en 2017 el doctor Medina, en una entrevista para el canal multinacional Telesur, sobre el notable reto de continuar aceptando pacientes en esos años.

Pese a que el programa oficialmente finalizó, se mantuvieron vuelos médicos para grupos de pacientes ucranianos y rusos en la isla. Desde 2016, la mayoría han sido tratados en la Clínica Internacional de Siboney, al oeste de la capital cubana. Este será probablemente el nuevo hogar de los niños de Chernóbil en La Habana.

No serán extraños para la población local. Desde mucho antes de que HBO redescubriera la historia de Chernóbil para una audiencia global, cualquier cubano ya sabía dónde ubicar la central nuclear en el mapa y explicar, en algunos casos de primera mano, las consecuencias de lo que allí ocurrió.Herencias del internacionalismo proletario.

FUENTE: Chernóbil se cura en La Habana: El episodio que no contó HBO

Los niños de Chernóbil en Cuba: ¿Un programa `secreto´ que ocupó portadas? / Por José Manzaneda

Cuba es el único país que atendió gratuita y masivamente a las víctimas de la catástrofe de Chernóbil. Entre 1990 y 2016, 26.000 personas, la mayoría menores, recibieron atención médica en la Isla (1).

Los recortes de la prensa cubana de julio de 1990 muestran el recibimiento, por Fidel Castro, de los primeros niños y niñas de Chernóbil (2) (3) (4). A lo largo de los años, se han publicado decenas de reportajes y artículos (5), se han filmado documentales (6), incluso se presentó en La Habana, el pasado año, “Un traductor”, una película de ficción sobre el tema (7). Pero hay quien no se entera nada. En el portal de CNN Chile leemos que Cuba jugó un “secreto papel” con aquella ayuda solidaria, que dicho “programa estuvo oculto (…) debido a la revolución cubana y las solicitudes del poder soviético” (8). Como lo oyen.

Pero ¿de dónde saca este medio el supuesto carácter “secreto” de la ayuda cubana? De la exageración de lo que recoge un reportaje de otro medio, “El Confidencial” (9). Este nos dice que “en su momento el programa fue tratado discretamente por la revolución cubana, ya fuera por prudencia política (…) o por genuina modestia solidaria”. Y añade el testimonio de un excónsul cubano: “Fidel me dijo: ‘no quiero que estés yendo a la prensa (…) Este es un deber elemental (…) con el pueblo soviético (…) No lo estamos haciendo para publicidad’”. Es decir,Cuba llevó a cabo una gigantesca obra de solidaridad que no ocultó –como nos demuestra la hemeroteca-, pero tampoco empleó como propaganda.

El tratamiento oncohematológico de cada paciente costó a Cuba tanto como el pasaje aéreo de 160 personas, cuyo coste sí era cubierto en origen (10). Y esto ocurrió en el peor momento de la economía cubana: el llamado Periodo especial.

Hace unos días se anunciaba el regreso de dicho programa solidario, tras el parón en 2016: 50 niñas y niños de Ucrania viajarán a Cuba este año (11).

Los medios internacionales tienen 26.000 testimonios: personas que mejoraron su salud, incluso salvaron su vida, gracias a la cooperación de Cuba. ¿Creen que leeremos alguno en CNN?

(1)  http://www.granma.cu/ciencia/2018-04-27/cuba-sola-atendio-mas-ninos-de-chernobil-que-todo-el-mundo-27-04-2018-22-04-53

(2)  https://sputnik87.files.wordpress.com/2016/04/granma-160316.jpg

(3)  https://sputnik87.files.wordpress.com/2016/04/juventud-rebelde-160316.jpg

(4)  https://www.youtube.com/watch?v=M4lbyJpjkNo

(5)  https://www.jornada.com.mx/2006/04/28/index.php?section=ciencias&article=a02n1cie

(6)  https://www.youtube.com/watch?v=H10xE1CcKxQ

(7)  https://www.efe.com/efe/america/cultura/llega-a-la-habana-pelicula-sobre-ninos-de-chernobil-tratados-en-cuba/20000009-3837578

(8)  https://www.cnnchile.com/mundo/cuba-salud-chernobyl-ninos_20190608/

(9)  https://www.elconfidencial.com/mundo/2019-06-08/cuba-ninos-chernobyl-episodio-accidente-nuclear_2054266/

(10)       https://actualidad.rt.com/actualidad/317523-como-cuba-logro-atender-ninos-chernobil

(11)      https://www.lavanguardia.com/politica/20190601/462609374121/50-ninos-de-chernobil-recibiran-tratamiento-medico-en-cuba.html

FUENTE: LA PUPILA INSOMNE

Chernóbil / Julio Martínez Molina

Durante el siglo XX tres hechos trágicos fundamentales vinculados al factor nuclear estremecieron al planeta. De los dos primeros, el responsable directo fue el gobierno de los Estados Unidos, cuyo presidente, Harry S. Truman, ordenó lanzar los bombardeos atómicos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente.

Más de 120 mil personas muertas -de una población de 450 mil-, además de otras 70 mil heridas y la destrucción instantánea de la ciudad casi en su totalidad provocó la bomba en Hiroshima. En Nagasaki asesinó a  50 mil inocentes -de una población de 195 mil habitantes- y causó más de 30 mil heridos. A dichas víctimas precisa sumarse las derivadas, a lo largo de años y décadas posteriores, de los efectos de la radiación nuclear.
El bombardeo atómico contra civiles en ambas urbes niponas constituye el genocidio más atroz, bárbaro e injustificado de la historia de la humanidad. Estados Unidos guarda la deshonra indeleble de ser el único país del mundo en haber empleado el poder nuclear contra una población civil.
El tercer hecho aludido en el primer párrafo, sin parangón con los dos anteriores en razón del carácter alevoso y taimado de aquellos, es el accidente en el reactor RBMK # 4 de la planta de Chernóbil, Ucrania, el 26 de abril de 1986, originado por el error humano; no por razones intencionales. Dos motivos básicos concatenados viabilizaron la explosión: el primero, de relieve mayúsculo, tanto la desidia y falta de profesionalidad de la dirección al mando de los controles aquella fatídica madrugada, como de los directivos centrales de la propia planta; y el segundo, la inobservancia en el diseño de ese tipo de reactores de todos los requisitos establecidos para instalaciones similares a lo largo del resto del mundo, fundamentalmente la carencia de un edificio de contención.
De acuerdo con los datos oficiales conclusivos del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de Naciones Unidas, hubo 31 muertes directas por el accidente, a las que se sumaron otras 4 mil como consecuencia del suceso. Decenas de miles de personas sufrieron efectos, a distinto grado. Entre 1990 y 2011, Cuba atendió a 26 mil 114 víctimas (el 84 por ciento de estas niños ucranianos, bielorrusos y rusos), en diferentes áreas médicas. De 1998 a 2011 una brigada de doctores cubanos atendió aproximadamente a seis mil personas, cada año, en la ciudad de Evpatoria, Crimea. Dicho programa de asistencia médica integral masiva y gratuita, respuesta solidaria de nuestro país a solicitudes de organizaciones sociales de la Unión Soviética, fue silenciado por los grandes consorcios mediáticos corporativos encargados de escribir la historia que le conviene a los ejes de poder.
Es algo que también suelen hacer los emporios audiovisuales, los cuales hallan su camino todavía más abierto cuando en los propios países donde se suscitan los hechos no se toman las iniciativas para emprender la realización de materiales que reflejen sus circunstancias de la forma objetiva. Así, se comprende mejor el surgimiento de una miniserie como Chernóbil (Chernobyl, 2019), coproducción entre la cadena norteamericana HBO y la británica Sky, propiedad del ultrarreaccionario magnate australiano de las comunicaciones Rupert Murdoch.
A resultas, sobre la serie basada en el libro Voces de Chernóbil, escrito por la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura conocida por su postura adversa a la Unión Soviética y su lapidario axioma “el comunismo es el opio de los intelectuales”, gravitan dos signos contradictorios: la calidad técnica y narrativa marca de fábrica del sello estadounidense y la decisión irrenunciable -del primero al quinto episodios, pero sobre todo en los dos últimos- de introducir una tesis política y contribuir a la satanización de todo cuanto se relacione con el universo socio-político-económico soviético, contextualizado ello dentro de la actual y muy poderosa tendencia del audiovisual occidental hacia la demonización rusa. No sería fútil recordar aquí que, desde el imaginario forjado por los materiales de las casas productoras de Occidente situadas en la misma línea de pensamiento instaurada por los poderes hegemónicos, Rusia representa la continuación directa de la Unión Soviética; no importan las sustanciales diferencias entre ambos modelos.
De tal, los notables valores de producción de Chernóbiltienden a languidecer ante su imperiosa necesidad de mensaje, expresada en un irrefrenable ataque a la URSS en todos los costados (dirigencia, ética -ese dirigente partidista del episodio 2 que humilla y se burla de la científica, en cuyo pleno rostro apura un trago por “los obreros del mundo”; ese villano de manual, puro cartón, al frente de la KGB; esos burócratas y redomados mentirosos del Kremlin-, explotación de estereotipos -zafiedad y alcoholismo de los rusos-, honestidad política -la matriz fundamental injertada por la serie es que la Unión Soviética vivió en su totalidad a base de mentiras, algo muy curioso proveniente de un material facturado en los Estados Unidos, imperio consolidado a base del sofisma y cuyo equipo directivo actual es el culmen de la falsía-; estructuras de poder…), lo cual le quita hierro a la pieza, al demeritarla por su proclividad a la inducción.
Resulta pueril que en una obra que en diferentes apartados exude redondez artística, en el capítulo 4 ubique a la KGB en posición de decidir el mismísimo camino nuclear de la Unión Soviética; si bien esto no resulte nada gratuito, en tanto ha sido resorte esencial de la propaganda occidental anti socialista la impugnación de los aparatos de seguridad e inteligencia de los países de Europa del Este y su calificación como sistemas diabólicos, sanguinarios y hasta supraestatales, aunque en realidad ninguno se comparó ni de lejos con otros como los norteamericanos e israelí, por citar dos ejemplos.
La información epilogar del episodio quinto refiere que las víctimas del accidente podrían alcanzar las 93 mil y que el gobierno soviético (no la OIEA) fijó su cifra en 31. Para provocar un efecto de seriedad por mecanismo de contraste y sensación de exhaustividad factual, introducen el elemento de que “se ha difundido ampliamente que los tres buzos de los tanque murieron como resultado de su operación heroica. En realidad, sobrevivieron los tres. Dos siguen vivos en la actualidad”.
Si el trabajo televisivo se hubiese contenido un poco en su anatema político, en su compromiso ideológico, confiriendo más peso a la evolución psicológica de un mayor grupo de personajes y eludiendo pasajes ridículos como la campesina que mientras ordeña su vaca le cuenta al soldado que la va a buscar para evacuarla una versión siniestra de la historia soviética condensada en un minuto,Chernóbil podría haber constituido otro título remarcable del prestigioso formato de las miniseries sajonas. Podría, habida cuenta del verismo cuasi documental de sus imágenes, del exquisito diseño de producción (es magistral el trabajo de reconstrucción histórica y la atención al detalle: vehículos, tecnología, edificaciones…), la fotografía de tonos plúmbeos del sueco Jakob Ihre, la banda sonora de la islandesa Hildur Guðnadóttir, la encomiable labor de sonido (tributa con fuerza a configurar el perseguido clima de miedo, desolación, peligro), la elección del elenco y la organicidad en la narración.
Uno de los principales méritos del material dirigido por el sueco Johan Renck consiste en su fluencia, su sentido del ritmo de la narración, con cuanto entraña ello de prescindir de zonas muertas y ejecutar buenos pasos en las soluciones dramáticas y la inserción de las elipsis. En buena medida debido a al pulso del guion del norteamericano Craig Mazin, estas cinco horas son un trabajo bastante limpio, sin hojarascas ni trompicones, expedito en la sugerencia propositiva y su capacidad de resolución. Salvo excepciones, porque todas las escenas de los cazadores de animales del segmento postrero nada aportan al desarrollo del relato y antes bien lo entorpecen.
La construcción y desarrollo de los momentos climáticos evidencia la asimilación de los postulados de la mejor escuela del cine de catástrofes, de consuno con el thriller y hasta la pantalla de terror, porque, esencialmente, esta es una historia de catástrofe y terror.
El actor británico Jared Harris y el sueco Stellan Skarsgård, en los roles centrales del físico nuclear Valeri Legásov y del dirigente del Partido Comunista Boris Shcherbina en igual orden, registran par de composiciones memorables. Al menos quien escribe no alberga dudas de que esta figura como una de las más rotundas encarnaciones históricas del intérprete escandinavo, acaso la mejor. Delicioso trabajo el suyo, cuyo componente facio-gestual, sobre todo a partir del momento cuando Legásov le participa que en cinco años ambos estarán muertos debido a la radiación, deviene digno de estudiarse en las escuelas de cine.
Ninguna de las anteriores ponderaciones alcanza, por supuesto, para respaldar a la harto sospechosa calificación de Chernóbil como “la mejor serie de la historia, por arriba de Breaking Bad”, como ya apuradamente certifican en algunos sitios, pero sí para apreciarla y sopesarla -sin entusiasmos mediáticos contaminantes-, en posición críticamente objetiva de verificar sus aquí citados aciertos u otros, pero también reparando en su carga de tintas ideológica y su proclividad manipuladora.

Fuente: LA VIÑA DE LOS LUMIÈRE

LEER MÁS:

La ambivalente miniserie Chernóbil

La en estos días muy comentada miniserie Chernóbil (Chernobyl, 2019) es una coproducción entre la cadena norteamericana HBO y la británica Sky, que está basada en el libro Voces de Chernóbil, escrito por la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura

https://davidson.cubava.cu/files/2015/01/CubaestrellaQueIlumina.jpg
Publicado por: David Díaz Ríos / CubaEstrellaQueIlumina

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