Un safari a los tiempos del azúcar

Un safari a los tiempos del azúcar

 

Un safari a los tiempos del azúcar

Para saber cómo vivían los grandes aristócratas cubanos del azúcar, de qué aire se llenaban el pecho mientras recorrían las imponentes plantaciones de caña o qué estancias caminaban en penumbras antes de apagar la palmatoria, ya los turistas no tendrán que figurarse tales escenas por la bien documentada frialdad de los libros ni por la descripción de los guías de museos. Si los vaticinios se cumplen, en cuestión de meses podrían vivir en carne propia lo que algunos han comenzado a llamar un safari a las haciendas insulares del siglo XIX.

La idea resulta tentadora para quienes optan por el turismo rural y de naturaleza, que no son pocos en el mundo: cinco haciendas de las 13 que aún sobreviven desperdigadas por todo el Valle de los Ingenios, al centro sur de Cuba, abrirán sus salones a una modalidad de hospedaje que si bien apuesta por la fidelidad al patrimonio, la historia y el ambiente bucólico del campo, tampoco prescinde del confort y los estándares al uso en el ramo.

En conciliar tradición y contemporaneidad se enrolan por estos días los arquitectos, ingenieros, historiadores y especialistas encargados de devolver la funcionalidad a las viviendas —algunas de las cuales se encuentran seriamente desmejoradas— sin tirar abajo ni un solo muro colonial. Poco menos que imposible.

Valle de los ingenios. Foto: Oscar Alfonso Sosa.
Valle de los ingenios. Foto: Oscar Alfonso Sosa.

Valle adentro

Suspendidas en el sopor de finales del siglo XIX quedaron las llamadas casa-haciendas, perplejas aún por el vertiginoso proceso de concentración de capitales que las convirtió en estancias menores subordinadas a los designios del central Trinidad ―a la postre llamado FNTA―, cuya barriga engulliría en lo adelante cada plantón de caña sembrado en las llanuras de San Luis, Santa Rosa y la depresión del Agabama-Méyer. Casonas en ruinas, a merced de los compradores de turno.

Para rematar, en el año 2002 el otrora ministerio del Azúcar decidió cerrar 71 de los 154 centrales que producían en Cuba, y el FNTA detuvo sus tachos, un doloroso trance que modificó la geografía física del valle y puso sobre el tapete la opción, hasta entonces subvalorada, de explotar su potencial turístico.

Declarado junto a la ciudad de Trinidad como Patrimonio de la Humanidad desde 1988, el llamado Valle de los Ingenios atesora en sus 250 kilómetros cuadrados una impresionante herencia de casa-haciendas, torres, calderas y remanentes industriales; una cartografía de la opulencia azucarera cubana en la que aún perduran 73 sitios de interés cultural y arqueológico.

Con una mina de oro como esa en sus manos, el gobierno local aprobó en 2006 el plan de ordenamiento territorial del Valle de los Ingenios, con todos los cuños desde el municipio hasta el Consejo de Ministros, que ponía un grupo de mansiones en la órbita del turismo; propuesta que sería tomada más en serio a partir de 2008, cuando saltaron del papel las primeras acciones para recuperar el antiguo esplendor de la zona, entre ellas, la reforestación de amplias extensiones de terreno, la sustitución del marabú por caña y kingrass, la transfiguración de la estancia Guáimaro en el Centro de Interpretación del Valle y de San Isidro de los Destiladeros en Museo Arqueológico al aire libre y Centro de Estudios sobre el Patrimonio Industrial.

La más dilatada, sin embargo, ha sido la restauración de las cinco casa-haciendas con grado de protección I por sus valores patrimoniales y que desde el 2012 figuran con números rojos en las prioridades del ministerio del Turismo (Mintur): Buena Vista, Guachinango, Las Bocas, Algaba y Manaca Iznaga.

Cuestionado por la prensa local en aquellos días, Reiner Rendón Fernández, delegado del ramo en Sancti Spíritus, ponía fecha al inicio de las labores: 2013, para la rehabilitación de Buena Vista y Guachinango, y 2014 para el resto.

“El valle tendrá una vocación extrahotelera —señaló Rendón—. Buscamos potenciar al máximo las excursiones y el senderismo, sin olvidarnos de los asentamientos que existen, sus tradiciones, sus características socioculturales”.

Desde entonces, mucho ha llovido sobre la fértil llanura trinitaria, y no es hasta hoy que las ideas conceptuales comienzan a afincarse en la realidad.

Primeras piedras

Con sus aires de mansión itálica en medio del trópico, la casa de vivienda del antiguo ingenio Jesús Nazareno de Buena Vista viene a ser un inmueble anacrónico entre sus homólogos del valle. Ningún experto pudiera asegurar por qué los propietarios levantaron en la primera mitad del siglo XIX una casona más apegada a los cánones de la arquitectura europea, con su indiscutible influencia neoclásica y la profusa decoración en cornisas, triglifos y pilastras, que a los referentes vernáculos que pululaban en Cuba.

Quizás esa suerte de fascinación que Buena Vista ejerce, aún en franca decadencia, pudiera explicar la premura con que arquitectos, constructores e inversionistas han asumido la restauración de sus estructuras originales y han ideado cómo sustituir los elementos que no sobrevivieron.

Desgraciadamente, no son pocos. Al decir de Blanca María Pérez Bravo, directora técnica de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, Buena Vista es una de las edificaciones más deterioradas por la acción del hombre y la intemperie, un binomio que no perdona. “Es, además, la mansión cuyo proyecto ha sido aprobado ya por todas las instancias pertinentes y está a punto de comenzar la etapa de consolidación estructural”, sostiene.

Y cuando dice “instancias pertinentes”, Pérez Bravo se refiere a las mil y una comisiones por las que deben atravesar los expedientes de cada edificación —incluidos planos, croquis y modelos 3D—, antes de colocar la primera piedra en un sitio como ese, de trascendencia universal.

Con Buena Vista a punto de caramelo, el resto de las haciendas pareciera ir a un ritmo más demorado: los proyectos de Las Bocas y Algaba están siendo auscultados con lupa para atajar cualquier irrespeto a las regulaciones emitidas por la Oficina del Conservador; Guachinango tiene casi lista su propuesta de rehabilitación, y Manaca Iznaga, símbolo del valle con su torre mirador de 43.5 metros, ampliará su infraestructura al reconstruirse la antigua nave almacén donde funcionará una cocina centralizada que abastecerá a las otras cuatro haciendas. “Manaca Iznaga deberá convertirse en el sitio rector del turismo en el valle”, sostiene Blanca María Pérez.

“Un puesto de mando”, pudieran acotar los pobladores del batey, acostumbrados a convivir con los cientos de visitantes que suben y bajan a diario la empinada torre y a venderles las más disímiles mercaderías.

Precisamente por la afluencia de vendedores que merodean el mirador y por la cercanía del caserío, con su natural efervescencia, Manaca Iznaga no puede ofertar hospedaje. “Sería muy incómodo para el turista que busca tranquilidad”, acota Pérez Bravo, quien a su vez reconoce la quietud como la principal ventaja del resto de las casonas, más intrincadas valle adentro.

¿Escenografía para el turismo?

Hasta ahora prácticamente subutilizada en el centro sur de Cuba, la modalidad del turismo rural, de descanso o de naturaleza despunta como un atractivo más de Trinidad, célebre en medio mundo por sus playas y su riqueza arquitectónica.

Tampoco se trata de enviar a los visitantes a dormir expuestos a las plagas y el calor excesivo del trópico: proyectistas de las empresas de Sancti Spíritus y Villa Clara a cargo de la intervención en las cinco haciendas confesaron aProgreso Semanal cuán difícil les ha resultado insertar equipos de climatización, redes hidráulicas, sanitarias y eléctricas en los inmuebles sin afectar la imagen colonial ni las estructuras originales.

Más difícil aún que matrimoniar tradición y modernidad, ha sido convencer a quienes habitaban tres de las haciendas para que las desalojaran. La negociación había comenzado hace varios años: aprovechando —un tanto oportunistamente, hay que decirlo— la imposibilidad material de los inquilinos para mantener con sus propios recursos inmuebles de gran valor patrimonial, el Mintur se comprometió a erigir las viviendas que fueran necesarias para que las más de 10 familias que ocupaban Buena Vista, Las Bocas y Algaba dejaran el terreno libre.

“De hecho, las personas que vivían en Buena Vista ya salieron del inmueble”, sostiene Vivian Dorta, subdirectora de Planificación Física en Sancti Spíritus, quien reconoce los mutuos beneficios de la medida: el Turismo amplía su capacidad de hospedaje y los antiguos pobladores colocan sobre sus cabezas un techo sin peligro de derrumbe.

Ahí radica, justamente, otra de las aristas prometedoras de la revitalización del Valle de los Ingenios, en la capacidad que puedan tener su infraestructura y su paisaje de redundar en el mejoramiento de la calidad de vida de los trinitarios que lo habitan.

Así suele advertirlo Víctor Echenagusía Peña, especialista de la Oficina del Conservador y todo un Quijote romántico de la restauración en la sureña villa: “Cualquier propuesta debe estar fundamentada en un enfoque sostenible que revitalice el lugar, que involucre activamente a los ciudadanos y, sobre todo, que no llegue a convertirse en una escenografía para complacer las apetencias del turismo”.

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http://progresosemanal.us/20150514/un-safari-a-los-tiempos-del-azucar/

Gisselle Morales Rodríguez

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