“El francotirador” como película y acontecimiento

“El francotirador” como película y acontecimiento

 

American Sniper, dirigida por Clint Eastwood (2014)
Hosam Aboul-Ela / Jadaliyya.com
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.
En estos momentos se ha calmado un poco ya el clamor desencadenado alrededor del controvertido film de Clint Eastwood American Sniper [El francotirador en España], mientras va terminando la temporada de premios y el poderoso éxito de taquilla de la película impulsa la salida del DVD para el verano. Quizá este momento ofrece una oportunidad para considerar, si cabe, lo que podría o debería decirse sobre ella como obra cinematográfica.

El francotirador, con Bradley Cooper en el papel principal, se ha convertido en la película más comentada en EEUU durante los meses de invierno, anotándose un triplete con su éxito de crítica, éxito de taquilla (la primera película estadounidense sobre la invasión de Iraq que consigue tal éxito) y controversia política. Sin embargo, tiene una característica obvia e importante como película sobre la que ningún escritor ha decidido reflexionar hasta la fecha: El francotirador puede ser la película más escopofílica jamas producida.

“Escopofilia” es un término tomado de Freud y aplicado al cine de la edad de oro en un impactante ensayo escrito por Laura Mulvey en 1975: Visual Pleasure and Narrative Cinema, que es famoso por ser el ensayo que primero introdujo esa categoría analítica ahora ampliamente reconocida como la “mirada masculina”. Pero el ensayo explica también cómo la escopofilia, o placer al mirar, adquiere un significado especial en la estética clásica de Hollywood. La capacidad de la cámara para crear un objeto a partir de las piezas compuestas del cuerpo femenino del que el espectador puede indirectamente apropiarse, es la base fundamental del atractivo de este cine. A través de ese proceso, el cine comercial refuerza la posición de la mujer como “portadora de significados, no como creadora de significados” [1]. Los ejemplos ofrecidos por Mulvey incluyen películas de Hitchcock y otros directores importantes de las décadas de 1930, 1940 y 1950, pero El francotirador es una obra contemporánea que parece ir más allá de esos viejos ejemplos en su declarada voluntad de fetichizar la mirada. Durante más de dos horas, la cámara va cambiando repetidamente de las tomas de Cooper, que observa a través de la mira de su arma, a los disparos sobre lo que ve a través de esa lente. Lo que ve normalmente son iraquíes trabajadores de clase media que –para el propósito de la película- no tienen voz y ninguna existencia fuera de su punto de mira.

En la escena inicial de la película, Cooper está en Iraq en lo alto de un tejado mirando a través del objetivo de su arma.

Ha detectado a una mujer y a su hijo que salen de una vivienda mostrando evidencias de su disposición a perpetrar una misión suicida contra los soldados estadounidenses. El niño lleva un explosivo pero sólo el francotirador estadounidense se ha dado cuenta de ello. Pronto nos enteraremos de que en ese momento de crisis, el francotirador actúa con decisión matando no sólo al niño sino también a la madre, justo antes de que explote lo que llevan. Pero el punto culminante de esta escena se produce más tarde. Al principio, la escena ofrece una retrospectiva de un Chris Kyle niño cazando con su padre en el oeste de Texas. Esa retrospectiva incluye una cita directa de la primera película estadounidense importante de gran éxito mundial sobre la guerra de Vietnam: “El cazador” (1978) de Michael Cimino. Como tantas de las películas importantes sobre la participación estadounidense en Vietnam, El francotirador hace del frente interno y del punto de vista estadounidense –la lente estadounidense, si lo desean- su fundamento para tratar el material. La narrativa va y viene repetidamente de la vida en el hogar estadounidense, con sus televisores de pantalla grande, las novelas de Lone Star, los romances y el entorno familiar, a las calles polvorientas y acribilladas a balazos de las ciudades iraquíes, vigiladas con autoridad por una tribu masculina de camaradas en armas del ejército estadounidense.

Dentro del marco de estos dos escenarios inconmensurables, la trama que se desarrolla es la odisea de Kiley, que pasa de ser un cowboy de rodeos sin rumbo a convertirse en un héroe de guerra legendario, una transformación que va consiguiendo a través de una serie de pasos hacia su propio crecimiento. Primero, se compromete con la vida militar después de ver en directo por televisión los videos de los atentados de Nairobi y del 11-S, después tiene una historia de amor con una bella mujer de buen corazón con la que funciona como un matrimonio militar, y finalmente le encuentra significado a la vida dedicando su tiempo a apoyar a los veteranos de guerra cuando no está en el país.

Las escenas en Iraq consiguen también generar sus propias narrativas. Tenemos la competición entre los insurgentes iraquíes y las fuerzas estadounidenses para ver quién puede matar al combatiente más valorado del otro grupo. Kyle se entera de que han puesto precio a su cabeza mientras se lanza a una persecución cada vez más tenaz de su homólogo iraquí, un francotirador llamada Mustafa, del que se dice que había conseguido una medalla en la disciplina de tiro en las Olimpiadas. Finalmente, hay otra línea argumental trazada por la trama: el lento desgaste que va perturbando al francotirador estadounidense mientras sigue perpetrando más y más asesinatos. A pesar de que se niega obstinadamente a expresar ningún tipo de duda sobre sus acciones, hay señales más allá de las verbales que van sembrando en el espectador la idea del coste psicológico de una profesión letal.

En este aspecto final, los críticos de cine han elogiado la intensidad de Bradley Cooper en su papel como Kyle, maravillándose de la forma en que consigue sugerir tanto la complejidad interna como la seguridad exterior del personaje. El objetivo de la cámara juega un papel crucial en ese aspecto, porque al espectador se le permite observarle en todas las escenas y ver lo mismo que él ve una y otra vez, una estrategia que centra el drama y permite que se creen significantes casi exclusivamente a través de una única persona. La actuación de Cooper contrasta ciertamente con la exuberancia casi ridícula que la estrella vuelca en las recientes películas “El lado bueno de las cosas” y “La gran estafa americana”.

La respuesta a la pregunta de cómo esta película sobre la invasión estadounidense consigue atraer espectadores donde otras no han podido, podría hallarse en la forma en que evita entrar en complicaciones. Más que innovar o intentar toques de autor, la película se vuelve hacia estrategias estéticas comerciales y clásicas. No sólo toma cosas prestadas de algunas de las películas de más éxito sobre Vietnam, también crea un héroe que parece sacado de una película de la edad de oro de Hollywood. En otras palabras, el papel principal es tanto Gary Cooper como Bradley Cooper. Bradley se ha transformado a sí mismo aquí al incardinar la celebrada tradición del héroe masculino americano. El tipo que habla poco, que expresa sus emociones levantando una ceja o sonriendo con suficiencia mientras actúa con decisión. En la edad de oro, esta actitud quedó bien representada en Gary Cooper, Humphrey Bogart y Alan Ladd (quien también le vuela la cabeza a un pistolero rival que lleva un sombrero negro en el final de la película Shane [“Raíces profundas” en España), 1951. Clint Eastwood, el director del film, canalizó esta tradición masculina de Hollywood en su juventud al crear a un tipo sin nombre en los westerns de Sergio Leone, y a ese otro ejecutor furiosamente justo, Harry el Sucio. Para reforzar la conexión entre este linaje de tipos de héroe, Bradley Cooper ha dicho en las entrevistas que utilizó a Eastwood como modelo para su personaje, ya que sólo pudo reunirse con Kyle una vez antes de que este fuera asesinado cuando empezó la filmación.

Desde luego que es difícil sustentar todo un ensayo sobre la película El francotirador sin mencionar nunca el fenómeno que supuso la forma en que se recibió la película. El film atrajo a muchos espectadores polarizando a críticos y comentaristas. Al final de todo ese frenesí, el artículo más común sobre El francotirador no fue ni una celebración patriótica ni una crítica desafiante. De forma creciente, el consenso de los comentarios y críticas de la temporada de premios se redujo a una tercera respuesta que podría resumirse como: “Yo estaba en contra de la guerra pero me ha gustado la película”, un postura superior expresada repetidamente en los medios de las elites liberales estadounidenses, incluida la National Public Radio y elNew York TimesParte de lo que hace posible esta postura arrogante e inquietante es la escopofilia del film.

Por ejemplo, en una de las últimas escenas que tratan de captar la evolución de Kyle, se le ve observando de nuevo por la mira telescópica a un joven muchacho iraquí que ha recogido una granada propulsada por un lanzacohetes abandonada en la calle por un insurgente que ha muerto. Al igual que al principio, el francotirador se encuentra de nuevo teniendo que sopesar la moralidad de liquidar a un muchacho que porta un arma. Pero esta vez no aprieta el gatillo, el niño deja caer la granada y sale corriendo, sin lanzarla ni ser consciente de lo cerca que ha estado de ser ejecutado por Kyle. El momento deja a Kyle sin respiración y, poco después, se retiraba del ejército.

Esas escenas ignoran todas las demás realidades asociadas con la invasión: no hay falsas acusaciones sobre armas de destrucción masiva, ni se muestran las diversas comunidades existentes en Iraq, ni las desastrosas consecuencias de la guerra. Sólo aparece un taciturno y heroico estadounidense en lo alto de una azotea en lucha consigo mismo. Sin embargo, en ese momento, el marco de la mira telescópica apenas puede contener su estructura narrativa, con el resultado de que algunos espectadores seguramente se preguntarán por cuántas humillaciones y desesperación habrá tenido que pasar ese muchacho para hacerle sentir la urgencia de recoger un arma abandonada que encuentra por azar en la calle. Uno podría pensar en el incidente de Hadiza o en la tortura, escopofílicamente documentada, de los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. En términos más generales, la invasión estadounidense marcó el inicio de los cortes de energía eléctrica, la ausencia de ley, los secuestros, los brotes de enfermedades y el sectarismo. Puede que un muchacho iraquí no hubiera tenido la posibilidad de ver todos esos desarrollos, pero podía fácilmente haberse sentido inmerso en una sociedad que ya no era la de siempre en el momento en que unos extranjeros armados que no hablaban árabe entraron en su ciudad natal.

Sin embargo en El francotirador, el objetivo es cómplice del cineasta al bloquear todas esas consideraciones, al menos para muchos espectadores. De hecho, a los iraquíes que pasan por el objetivo se les niega hasta una sencilla narrativa de matrimonio, familia y crianza infantil. La pregunta específica de qué experiencias habrá soportado el muchacho queda bloqueada por completo, o al menos se relega a la categoría de especulación. Responder a esa pregunta podría ser complicado, y por tanto se saca fuera del marco del mismo modo que esos factores complicados se dejaron a un lado en el período previo a la invasión real, incluso por algunos de los más entendidos creadores de opinión del establishment. El fenómeno de la película genera el temor de que algo como la invasión iraquí podría suceder de nuevo siempre que los creadores de opinión estén dispuestos a permanecer firmemente embutidos dentro de una mira telescópica.

Nota:

[1] Laura Mulvey: “Visual Pleasure and Narrative Cineme”, Film Theory and Criticism: Introductory Readings, ed. Leo Braudy and Marshall Cohen (New York: Oxford University Press, 1985), pág. 804. 

 

Hosam Aboul-Ela es profesor adjunto del Departamento de Inglés de la Universidad de Houston. Ha traducido varias novelas del árabe al inglés. Es autor de numerosos artículos en el área de la literatura de las Américas, estudios culturales latinoamericanos y estudios culturales árabes y del libro Other South: Faulkner, Coloniality, and the Mariátegui Tradition (Pittsburgh, 2007); con Gayatri Chakravorty Spivak es coeditor de las series Palgrave/Macmillan “Theory in the World.”

Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/21019/loving-the-lens_%E2%80%98american-sniper%E2%80%99-as-movie-and-eve

 Tomado de Rebelion

http://rebelion.org/noticia.php?id=196402

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El Francotirador de EEUU frente al francotirador de Bagdad

“Juba” era el apodo dado por las fuerzas estadounidenses invasoras/ocupantes a un fenómeno pop iraquí; un francotirador que llegó a ser legendario por sus víctimas en el sur de Bagdad. Era un fantasma. Nadie conocía su nombre, su apariencia, incluso si era iraquí o no.
 
Un jurado en Texas dictaminó que el ex marine Eddie Ray Routh era culpable de homicidio calificado; en 2013 mató a tiros al ex SEAL de la Armada de EE.UU., Chris Kyle, el hombre tras Francotirador – el libro convertido posteriormente en una exitosa película dirigida por el ícono de Hollywood Clint Eastwood. El gobernador de Texas Greg Abbott también se distinguió, tuiteando “¡JUSTICIA!”
No tuvo importancia que los abogados de Routh –y su familia– insistieran en que sufría psicosis, causada por trastornos por estrés postraumático (PTSD). Fiscales en Texas fácilmente lo descartaron “probando” que los episodios de PTSD de Routh eran provocados por alcohol y marihuana.
Francotirador –la película– no pudo dejar de convertirse en un fenómeno de la cultura pop en EE.UU. Kyle, representado por Bradley Cooper, es Harry el sucio en uniforme de combate – un especialista en la deshumanización del “enemigo” anónimo mientras los extirpa uno tras otro. Sucede que el “enemigo” estaba defendiendo su patria contra una fuerza invasora/de ocupación.
Interviene la justicia poética y el máximo Francotirador se deshumaniza él mismo. Le diagnostican PTSD.
En un cruel vuelco del destino, termina por ser extirpado en su país, en un polígono de tiro, por alguien a quien trataba de ayudar; un soldado con –adivinasteis– PTSD.
Por cada soldado estadounidense muerto en 2014, no menos de 25 veteranos cometieron suicidio. Por el segundo año sucesivo, el Pentágono ha perdido más soldados por suicidio que en combate. Ah, pero en Texas, ese asunto es tema para afeminados.
Kyle, según su propia versión, mató a más de 300 soldados enemigos como francotirador del Team 3 de los SEAL. Después de abandonar las fuerzas armadas, su expiación fue ayudar a veteranos de guerra con PTSD, llevándolos a –qué iba a ser– disparar.
Clint Eastwood es mucho más matizado de lo que se reconoce – y lo que pueden implicar sus engañosamente superficiales entrevistas publicadas durante años. Podría ser solo que, apelando a los instintos más primitivos, puede haber consagrado a otro héroe estadounidense para presentar mejor una cinta contra la guerra.
Lo que nos lleva al ejemplo opuesto de Francotirador: Juba,
Apuntando a ese tiro solitario
“Juba” era el apodo dado por las fuerzas estadounidenses invasoras/ocupantes a un fenómeno pop iraquí; un francotirador que llegó a ser legendario por sus víctimas en el sur de Bagdad. Era un fantasma. Nadie conocía su nombre, su apariencia, incluso si era iraquí o no.
Juba se convirtió en una leyenda en el mundo árabe porque solo apuntaba a soldados de la “coalición” – de las tropas invasoras/ocupantes, todas fuertemente protegidas por vehículos blindados, blindaje corporal y cascos. Traducción: solo mataba a estadounidenses que habían sido llevados a creer –por el Pentágono y la maquinaria de los medios corporativos de comunicación– que estaban “liberando” Irak de Sadam, quien estaba aliado con al-Qaida y “nos atacó el 11-S”. Lo oí directamente de muchas bocas de soldados – sin tratar de ser irónico.
Juba mataba desde una distancia de 200 metros – algo que el Francotirador” difícilmente podría lograr.
Juba era infinitamente paciente, y devastadoramente exacto. Disparaba solo un tiro – y cambiaba de posición. Nunca hacía un segundo disparo. Apuntaba a la brecha más pequeña en el blindaje corporal del soldado, y a la parte más baja de su columna vertebral, costillas, o por sobre su pecho. Ningún equipo de especialistas francotiradores estadounidenses logró rastrearlo.
Esto explica, en pocas palabras, por qué Juba se convirtió en una leyenda urbana en Bagdad, el triángulo suní, y más allá. Lo que es virtualmente seguro es que era miembro del Ejército Islámico en Irak (jaysh al islāmi fī’l-’irāq). Un héroe de la resistencia contra los invasores, por cierto, pero lejos de ser salafista-yihadista.
El Ejército Islámico en Irak, a mediados de los años 2000, era el principal grupo de resistencia contra los estadounidenses, como afirmaba el ex vicepresidente iraquí Tariq al-Hashemi. Eran todos ex baasistas –suníes, chiíes y kurdos– trabajando en conjunto. Y lo mismo hacía Juba – de quien se pensaba que era suní. Pero eso no fue nunca totalmente confirmado.
En esos días, la resistencia no podía dejar de ser popular – la “liberación” significó que más de 50% de los iraquíes estaban desnutridos; por lo menos 1 de cada 3 moría literalmente de hambre; y por lo menos un 50% de toda la población vivía en la pobreza más absoluta.
A fines de 2005, el Ejército Islámico en Irak publicó un video de 15 minutos de duración sobre los Mayores Éxitos de Juba. A mediados de 2006 circulaba toda clase de cifras sobre la verdadera cantidad de sus víctimas. Incluían a un equipo de cuatro francotiradores de los marines en Ramadi, en el “triángulo de la muerte”, cada uno de un solo tiro a la cabeza.
Los francotiradores estadounidenses siempre operaban en equipos de por lo menos dos, un tirador y un rastreador. Un rastreador tenía que ser extremadamente experimentado, utilizando un cálculo muy complejo para considerar, por ejemplo, variaciones del viento y coeficientes de arrastre. Juba, en cambio, trabajaba solo.
Rebelde con un Dragunov
El Ejército Islámico de Irak gustaba de alardear de que Juba –y otros francotiradores– habían sido esencialmente entrenados según el libro El óptimo francotirador: un manual avanzado de entrenamiento para francotiradores militares y policiales (Paladin Press, 1993; edición expandida en 2006); escrita por el francotirador estadounidense en retiro John Plaster.
Qué fabulosa historia posterior a la Guerra Fría; es posible que las tácticas hayan sido prestadas por el invasor (estadounidense); pero el arma elegida era rusa.
El “nido” usual de Juba –donde se atrincheraba antes de un ataque– estaba invariablemente decorado por una colección de colchones, que amortiguaban el sonido de su rifle Dragunov de francotirador, conocido también como SVD; un semiautomático diseñado por Evgeniy Dragunov en la antigua URSS a fines de los años 1950. El SVD ha sido apreciado como el primer rifle militar de precisión hecho específicamente para francotiradores. Por lo tanto, considerando las estrechas relaciones entre la URSS y el Irak de Sadam, no es sorprendente que los militares baasistas hayan estado familiarizados con el Dragunov.
El “souvenir” de marca de Juba también llegó a ser tan legendario como su persona de Hombre Invisible: un solo cartucho, y unas pocas palabras escritas en árabe: “Lo que ha sido cobrado en sangre no puede ser recuperado excepto mediante sangre. El francotirador de Bagdad.”
Hubo una época a fines de 2005, comienzos de 2006, cuando yo seguía de cerca la resistencia iraquí, incluso cuando no estaba en terreno, en la que jugaba con la idea de escribir un drama sobre Juba. Era una especie de héroe al estilo de Camus para muchos iraquíes; un rebelde existencial, pero con un Dragunov. Finalmente descarté la idea, por considerar que solo un iraquí podría examinar en toda su dimensión la psicología del francotirador de Bagdad.
Hoy en día, el francotirador de Bagdad puede sobrevivir solo como el fantasma de una desvanecida leyenda urbana. El propio Bagdad ha cambiado su estatus de principalmente suní a principalmente chií – y sus nuevos temores se centran en el ficticio Califato ISIS/EI/Daesh. El Francotirador, por su parte, viaja por el planeta como un célebre héroe digital, incluso si derechistas estadounidenses se quejan ruidosamente de que ni la cinta de Clint Eastwood ni Bradley Cooper no hayan recibido ningún Oscar. Solo muestra –una vez más– que desde Vietnam, el Imperio del Caos solo gana sus guerras en Hollywood.
*Pepe Ecobar
*Pepe Escobar es autor de Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War (Nimble Books, 2007), Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge (Nimble Books, 2007), y Obama does Globalistan (Nimble Books, 2009). El nuevo libro de Pepe Escobar es Empire of Chaos.
Tomado de  http://www.tercerainformacion.es

http://percy-francisco.blogspot.com/2015/03/el-francotirador-de-eeuu-frente-al.html

 

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