Lo yanqui y lo moderno

Lo yanqui y lo moderno / Autor Abel Prieto

José Martí mostró en sus crónicas el rostro real de EE.UU. y combatió la tendencia simplista a confundir «lo yanqui» y «lo moderno». La idea martiana del «progreso» no se reducía al pragmatismo estadounidense: incluía la riqueza espiritual, la plenitud del ser humano, su libertad

Identificar «lo yanqui» con «lo moderno», con «el progreso», era ya una idea extendida cuando Martí vivía en EE.UU. Florecía entre cubanos anexionistas y latinoamericanos fascinados por un gran país de rápido crecimiento económico y una democracia en apariencia perfecta.

Roberto Fernández Retamar precisa que por vivir «en aquella nación en el momento en que se va transformando de país premonopolista en país monopolista e imperialista, Martí comprende angustiado que su próximo paso […] será arrojarse sobre el resto de América; en primer lugar, sobre Cuba».

Por eso mostró en sus crónicas el rostro real de EE.UU. y combatió la tendencia simplista a confundir «lo yanqui» y «lo moderno». La idea martiana del «progreso» no se reducía al pragmatismo estadounidense: incluía la riqueza espiritual, la plenitud del ser humano, su libertad.

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Aunque chocó con editores y dueños de periódicos, logró denunciar males que aquejaban (y aquejan aún, agravados) a EE.UU. y en particular el culto al dinero como sentido mismo de la existencia humana. El dinero, sí, ese Diablo velludo y feliz en torno al cual danzaban (y siguen danzando) políticos, banqueros, leguleyos, toda una fauna sórdida. «Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad [anota Martí] y lo han elevado también al más alto grado de corrupción… ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!».

La historia que sigue es conocida e insultante: tras la caída en combate de Martí y Maceo, el Maine, la intervención que arrebató la victoria a los mambises y la ocupación militar.

Entre 1898 y 1902 se abrió «una confusa etapa», al decir de Marial Iglesias, en que «el desmontaje de la dominación colonial española» coincidió con el intento de moldear a Cuba según «el patrón de modernidad y progreso de las autoridades norteamericanas». Las barberías empezaron a llamarse barber shops; las bodegas, groceries; y el letrero English Spoken Here se colocó en las vidrieras. Los ricos celebraban teas y garden parties y veraneaban en yacht clubs.

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Unos 1 300 maestros primarios cubanos pasaron un curso en Harvard en el año 1900. Fue un proyecto para formar anexionistas, que a su vez irradiaran anexionismo hacia las nuevas generaciones, y tuvo un efecto contrario: mucho de lo aprendido allá les dio recursos para inculcar patriotismo al regreso.

Se inauguró la República plattista, y EE.UU. hizo lo imposible por absorbernos espiritualmente. Cuba se convirtió en un laboratorio de la industria cultural yanqui. En la Isla se tradujeron e imprimieron revistas para la región sobre las bondades del modo de vida norteño y se doblaron al español series televisivas populares. Hollywood reinaba sobre las salas de cine, con un competidor de algún peso en el cine mexicano y uno mínimo en el argentino.

En esos años se multiplicaron los yancófilos, los admiradores desenfrenados de todo lo que viniera del paraíso del Norte. Pero creció también la resistencia a la absorción.

Cintio Vitier advertía en 1957 que «somos víctimas de la más sutilmente corruptora influencia que haya sufrido jamás el hemisferio occidental»: el modo de vida yanqui. Y agregaba: «lo propio del ingenuo american way of life es desustanciar desde la raíz los valores de todo lo que toca».

¿Cómo fue posible resistir tales embestidas en condiciones tan desventajosas? Hubo tres factores vitales: nuestra cultura popular, mestiza, vigorosa; el empeño de intelectuales de vanguardia; y la labor callada de los maestros de la escuela pública cubana.

El triunfo de 1959 dio un golpe devastador a la yancofilia y emancipó a la patria a través de la cultura. Nos descolonizó, nos hizo libres, nos formó como antimperialistas; pero nunca fomentó rencores hacia el pueblo estadounidense. Fidel dijo con orgullo que Cuba era uno de los pocos países del mundo donde no se había quemado jamás una bandera de EE.UU.

Sin embargo, desde hace unos años, parece haber renacido la identificación entre «lo yanqui» y «lo moderno». Gente que quiere atraer clientes con el gancho de la «modernidad» utiliza símbolos del Norte: gorros de Santa Claus, nombres en inglés para bautizar espacios diversos, disfraces de personajes de Disney o de Halloween.

Cintio preparó Los cuadernos martianos en 1994. Ante el posible retorno de posturas anexionistas, propuso a los maestros «comentar ampliamente con nuestros alumnos mayores el artículo El remedio anexionista», convencido de que «el escudo invulnerable de nuestra historia se llama José Martí».

Hoy, ante un Imperio cada vez más exasperado y agresivo, Martí, Fidel, Maceo, Céspedes, los fundadores de la nación, nos nutren cotidianamente.

Fuentes:
Abel Prieto / Lo yanqui y lo moderno

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Publicado por: David Díaz Ríos / CubaEstrellaQueIlumina
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