EE.UU: Atrapado en la época de los cowboy del viejo oeste

 

EE.UU: Atrapado en la época de los cowboy / Por Marco Velázquez Cristo/ PostCuba

 

 

Los hechos en los en que intervienen armas de fuego, los muertos y lesionados ocasionados por los mismos continua en aumento en territorio norteamericano, sin que el gobierno de ese país haga nada por revertir esta situación. Vale más para ellos las buenas relaciones, el aporte financiero y el apoyo político que brindan los grandes intereses y poderes que se mueven tras la Asociación Nacional del Rifle que la vida de miles de ciudadanos estadunidenses que son tronchadas por estas armas cada año.

Según el sitio Vox , Estados Unidos tiene el 4,4% de la población mundial, pero sorprendentemente casi el 50% de las armas de fuego de propiedad civil de todo el mundo, está en manos de la población estadunidense.
El Confidencial  plantea que en varios estados, los niños pequeños tienen libertad para cazar con supervisión adulta, sitúa el caso de Wisconsin que a finales del 2017 aprobó una ley que permite a los menores de diez años llevar sus propias armas en los bosques de ese estado, así como que en el 2013, las autoridades de Iowa aseguraron que no podían impedir a las personas ciegas el uso de armas, pues sería discriminatorio hacerlo.
Por su parte Gun Violence Archive organización formada en 2013 para proporcionar acceso público y gratuito a información precisa sobre la violencia relacionada con las armas en losEstados Unidos, asegura que en lo que va de año se han producido en dicho país 11 234  incidentes originados por el uso de  armas de fuego, los que han provocado  2933 muertes.
En estos eventos perdieron la vida o fueron heridos 131 niños (0 a 11 años), 556 adolescentes con edades entre 12 y 17 años corrieron igual suerte. Hechos y cifras espeluznantes, pero que no son tomadas en cuenta por los que ostentan el poder en USA.

Hechos y cifras espeluznantes, pero que no son tomadas en cuenta por los que ostentan el poder en USA.

 

 
Desde que  el 26 de junio de 2008  el Tribunal Supremo de Estados Unidos ratificó el derecho de la población a tener un arma de fuego, las muertes por el uso de estas  se han incrementado en un 17%. En ese momento los entonces candidatos presidenciales John McCain por los republicanos y Barack Obama por los demócratas respaldaron la decisión.
 En este contexto la “bucólica” Florida, esa que nos quieren poner de vitrina, resulta uno de los estados más afectados por estos tipos de hechos, en ella existen más de 2.390 localeshabilitados para la venta de armas de fuego, y según las estadísticas publicadas por la organización internacional Gun Policy, cerca de 1,3 millones de personas poseen algún tipo de estas armas con o sin permiso, lo que equivale al 6,5% de su población.
Todo irracional y absurdo, pero son realidades dentro de EE.UU.
Michael Moore en su documental Bowling for Columbine”., menciona otras causas que propician estos hechos, para él, una gran cuota de responsabilidad la tienen los medios, que aterrorizan a los norteamericanos con noticias sensacionalistas sobre supuestos ataques de las más diversas procedencias, sobredimensionando acontecimientos, o satanizando a determinadas nacionalidades, grupos étnicos o religiones.
Coincido con Moore, solo que pienso que el principal responsable de toda esa situación es el gobierno norteamericano, que además de no hacer nada para cambiarla y mostrarse incapaz de detener la delincuencia, también alienta la inseguridad entre sus conciudadanos con las continuas alertas de ataques terroristas, y la invención de falsas amenazas, lo que tiene un reflejo en los medios que además terminan poniendo su parte, tal y como describe Moore.
Un ejemplo reciente y aún vigente lo constituyen los imaginarios “ataques acústicos” que dicen experimentaron sus diplomáticos en La Habana, y las alertas realizadas a su población sobre los supuestos riesgos que correrían si viajan a Cuba, toda una invención para justificar su política hostil hacia la isla.
El mensaje es de peligro por una amenaza sin identificar. Sus componentes, “victimas” que no se pueden presentar, afectaciones que no se consiguen explicar, elemento causal que no se logra encontrar, autores que no es posible identificar, daños reversibles y otros irreversibles, hipótesis descabelladas, en fin, la intimidación y la incertidumbre.
Es paradójico que el gobierno norteamericano retire de Cuba a sus diplomáticos aduciendo razones de seguridad y advierta a sus ciudadanos de inexistentes peligros en la isla, mientras tolera impasible la muerte de miles de sus ciudadanos por armas que ellos mismos les proporcionan a los homicidas, que se convierten en tales, por causas que están identificadas y que pueden eliminar.
La solución que encuentra el brillante cerebro del presidente Donald Trump, a toda la compleja situación de inseguridad interna que presenta el país que gobierna, es armar a los profesores, es decir convertirlos en Cowboy. Es echar gasolina al fuego.
Lo terrible de todo esto es que tal comportamiento de gobierno y medios va sembrando en la sociedad norteamericana miedos y conceptos que provocan la muerte de miles de sus ciudadanos. Ellos son los responsables de que esa sociedad se encuentre detenida en la época del viejo oeste, los que hacen que unos padres sientan satisfacción al regalarle a suhija de 10 años una escopeta de caza Beretta 686 Silver Pigeon, y que esta llore de emoción y alegría al recibirlo.

 

El video de ese momento.

 

Ese es el modelo de gobierno y sociedad que nos quieren vender y al que nos quieren llevar Rosa Maria Payá, José Daniel Ferrer, Berta Soler, los sitios “alternativos” cubanos, léase CubaPosible, Periodismo de Barrio, Cartas desde Cuba, El Toque, El Estornudo, OnCuba, y otros.
Parafraseando al apóstol respondo a tales pretensiones, “Antes de cejar en el empeño de continuar libres y hacer próspera a la patria, primero se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila.
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Publicado por: David Díaz Ríos CubaSigueLaMarcha.blogspot.com
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¿Y ahora para qué sirve la embajada de Estados Unidos en La Habana?

¿Y ahora para qué sirve la embajada de Estados Unidos en La Habana? / Por Jesús Arboleya

Por lo general, las embajadas norteamericanas en el mundo semejan grandes fortalezas. Cinturones de seguridad con vallas alambradas, obstáculos al tránsito, detectores de armas y explosivos, así como garitas con marines portando sofisticados fusiles de guerra, sirven de antesala al ingreso en estos recintos diplomáticos.

En Cuba no es así, apenas ha sufrido cambios el edificio de seis plantas con grandes ventanales de cristal inaugurado en 1953. Está ubicado en pleno Malecón habanero, una de las zonas más concurridas de la ciudad. El acceso es directo desde la calle y de la seguridad física se ocupan fuerzas policiales cubanas, apostadas en las aceras que la rodean. Es común encontrarse a diplomáticos y marines corriendo frente al mar. Ni en Washington parecen sentirse más seguros.
Sin embargo, el gobierno norteamericano acaba de oficializar la decisión de reducir un 60% su personal y prohibir la compañía de sus familiares, en el entendido de que corren grandes peligros debido a unos supuestos “ataques sónicos” que ni ellos mismos pueden explicar y que, al parecer solo ocurren en Cuba, aunque tampoco culpan al gobierno cubano de provocarlos. La decisión incluye la exigencia de una reducción similar en la embajada de Cuba en Washington.
Montones de fábulas se han tejido alrededor de estos ataques. La parte cubana, que ha realizado sus propias investigaciones y cooperado con el gobierno estadounidense, lo considera una “fabricación política”, sin ningún fundamento en la realidad. Lo único claro es que han servido de excusa para reducir al mínimo las relaciones entre los dos países.
Con este argumento, Estados Unidos cerró su consulado en La Habana. Esto hace impracticable el cumplimiento de las 20 000 visas anuales establecidas en el acuerdo migratorio de 1994, lo cual ya fue comunicado oficialmente al gobierno cubano. Ahora, esta gestión transita por un complejo y costoso proceso que termina en Colombia, donde los solicitantes deben hacer los trámites.
Peor ocurre con los que deseen solicitar visas para viajar temporalmente a Estados Unidos, con el objetivo de visitar a sus familiares residentes en ese país. Debido a la existencia de la política de pie seco/pie mojado, el argumento de “potencial migrante” había reducido significativamente la concesión de estas visas en los últimos años, hasta el punto que más de 80% eran negadas, lo que colocó a los cubanos entre los visitantes menos aceptados en el mundo.
Eliminada la política de pie seco/pie mojado por Barack Obama en enero de 2017, se suponía una mayor apertura, pero entonces llegaron los ataques sónicos y ahora los cubanos tienen que hacer esta solicitud desde algún consulado en el exterior, sin ninguna garantía de que serán aceptados, lo que prácticamente ha eliminado esta posibilidad.
En resumen, los que hasta ayer fueron “migrantes excepcionales”, debido a la supuesta voluntad norteamericana de contribuir a la reunificación familiar y ayudar a los cubanos a “escapar del infierno comunista”, hoy día están entre los más restringidos de acceder al territorio norteamericano. Aunque Cuba no aparece entre los países vetados por la política migratoria de Donald Trump, el resultado es el mismo.
Algo muy similar ocurre con los contactos académicos y culturales, ya que un cubano invitado por una contraparte norteamericana tampoco puede gestionar su visa en Cuba, agregando gastos e inconvenientes a esta gestión. A ello se agrega la alerta de peligrosidad emitida por el Departamento de Estado, lo que ha reducido a la mitad los viajes universitarios y los contactos “pueblo a pueblo”, durante años un reclamo de Estados Unidos, bajo el supuesto de que el contacto con los norteamericanos inocularía a los cubanos con las virtudes del American Way of Life y sería un incentivo para el desarrollo de los negocios privados en la Isla.
Hasta los llamados “grupos disidentes”, que antes gozaban de acceso especial a la embajada, ahora se quejan de haber perdido el contacto con los funcionarios norteamericanos y no poder gestionar sus visas para viajar a Estados Unidos.
Cabe entonces preguntarse, si la embajada norteamericana actúa bajo una premisa que dificulta las relaciones con su contraparte cubana, no brinda servicios consulares, incumple los acuerdos migratorios, limita los contactos pueblo a pueblo, obstaculiza las escasas relaciones económicas existentes e incluso perjudica el desarrollo de sus propias líneas de influencia respecto a Cuba, ¿a qué se dedica ahora la embajada de Estados Unidos en La Habana?
Lo que prima es un gran desconcierto, a tono con lo que está pasando en el servicio exterior estadounidense. La CIA, al igual que el FBI y otros órganos de seguridad, han sido objeto del cuestionamiento y las críticas del presidente, estableciendo una relación explosiva, cuyas consecuencias resultan impredecibles. El Departamento de Estado, por su parte, está en franca bancarrota, lo que se refleja en la falta de nombramientos y la renuncia de algunos de sus funcionarios más experimentados, especialmente en el área de América Latina.
Como “a río revuelto ganancia de pescadores”, estos espacios los está llenando la vieja guardia de halcones conservadores que una vez “cubanizaron” la política hacia América Latina, estableciendo la prioridad del derrocamiento del gobierno cubano en sus directrices, y ahora también la “venezolanizan”, aprovechando sus contactos históricos con la extrema derecha latinoamericana. El llamado lobby cubanoamericano desempeñó y aún desempeña un papel clave en esta corriente, que ahora vuelve a jugar un papel muy activo en la política contra Cuba.
Las decisiones de Obama encaminadas “hacia la normalización de relaciones conCuba” fueron recibidas con satisfacción por los funcionarios norteamericanos encargados de aplicar esta política, incluyendo los establecidos en Cuba que, según reportes de prensa, han manifestado el interés de permanecer en el país. No por gusto Marco Rubio declaró que, para avanzar sus posiciones contra Cuba, tuvo que vencer la resistencia de la “burocracia” gubernamental.
Si los ataques sónicos producidos por armas secretas son cuestionables, de lo que no cabe duda es que los diplomáticos norteamericanos establecidos en la embajada habanera, ahora se ven realmente afectados por los ruidos provenientes de Washington. Al menos, para atenuar el estrés, podrán continuar corriendo por el Malecón.
https://cubaxdentro.wordpress.com/2018/03/19/y-ahora-para-que-sirve-la-embajada-de-estados-unidos-en-la-habana/
http://progresosemanal.us/20180309/y-ahora-para-que-sirve-la-embajada-de-estados-unidos-en-la-habana/
http://www.cubadebate.cu/opinion/2018/03/19/y-ahora-para-que-sirve-la-embajada-de-estados-unidos-en-la-habana/#.WrKFXPl6TIU
http://redint.isri.cu/y-ahora-para-que-sirve-la-embajada-de-estados-unidos-en-la-habana
Publicado por: David Díaz Ríos CubaSigueLaMarcha.blogspot.com
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Socialismo, la palabra angustiosa

Socialismo, la palabra angustiosa. Por Carlos Ávila Villamar

La palabra socialismo atraviesa una crisis a nivel global: se usa para fines demasiado disímiles, y sospecho que corre el riesgo de desdibujarse hasta el punto de no significar nada, o casi nada, tal como ha sucedido con la palabra democracia dentro de la izquierda estadounidense, que es más bien un sinónimo de aquella sociedad que el hablante considera mejor. Se ha abandonado la definición que con cierta arrogancia algunos teóricos soviéticos consideraron la definitiva, aquella que veía el socialismo como la abolición casi absoluta de la propiedad privada, y bajo el embrujo de la imagen de justicia e igualdad social que hoy se tiene de los capitalismos nórdicos, suele verse la llamada socialdemocracia como el único modelo posible y sustentable de socialismo, se cree en la domesticación del burgués y en la benevolencia del estado con los más desfavorecidos. Una vez que se llega a esa idea, la de tomar lo mejor del capitalismo y lo mejor del socialismo de corte soviético y construir un híbrido que beneficie a todos, lo que queda es negociar el punto intermedio, qué se toma de cada uno, y ya el mundo estará arreglado. Es sabido, la mente humana tiende a crear oposiciones para entender mejor la realidad, y una vez que se piensa la realidad en base a una oposición simple, lo que queda es viajar a través la escala de grises.
 
Resulta muy fácil llegar al punto donde se cree que la naturaleza del socialismo es la eficiencia en lo social y la ineficiencia en lo económico, y luego creer que en nuestro país la solución a la crisis es una apertura discreta al capitalismo, que conservando los beneficios sociales diera como consecuencia la creación de una Noruega tropical. Lo que sucede es que hay falacias de todo tipo en esta cadena de pensamiento, y su atractiva simplicidad puede incluso ocultar datos concretos de la realidad que la desmienten.
 
Para empezar las únicas socialdemocracias exitosas que ha conocido el mundo se han edificado sobre la base de capitalismos altamente desarrollados, ningún socialismo tradicional que se haya abierto a la propiedad privada (ni siquiera la terriblemente desigual China) ha conseguido algo cercano al milagro noruego, por lo menos hasta hoy. De hecho, entre más se abrió la Unión Soviética a la propiedad privada durante los años ochenta, peor le fue en sus índices macroeconómicos. Bueno, dijeron algunos, hasta que no instauremos un verdadero capitalismo no se verá el desarrollo, es el peso de la vieja economía socialista lo que lo dificulta. Sin embargo, instauraron el verdadero capitalismo en 1991 y las cosas se pusieron peor. Solo hay que esperar, dijeron, ya mejorará. Y no mejoraron: el país literalmente tuvo que declararse en bancarrota en 1998, e incluso con las reformas de Putin, que ha aumentado la participación estatal en la economía, el producto interno bruto ruso es hoy inferior no solo al chino o al japonés, sino también al alemán y al italiano. Hace cuarenta años era el segundo más grande del mundo. Entonces replanteemos bien lo que parecía una mera escala de grises: el avance de la propiedad privada no solo no ha garantizado la conservación de los beneficios sociales, tampoco ha significado necesariamente un progreso económico. Digo todo esto porque la crítica más común al socialismo tradicional dice que la práctica ha demostrado que no funciona. Lo justo sería agregar que la práctica además ha demostrado que las aperturas a la propiedad privada tampoco han funcionado para esos sistemas socialistas, y que de hecho hasta ahora la socialdemocracia es una experiencia nórdica producto de condiciones tremendamente específicas: si eres un país capitalista subdesarrollado seguirás siendo un país capitalista subdesarrollado, y las mejoras sociales que un eventual gobierno de izquierda traiga consigo pueden desaparecer a la velocidad del relámpago.
 
Ahora bien, que una cosa no haya sucedido no es razón suficiente para creer que no puedasuceder. Que no haya existido hasta hoy un socialismo tradicional capaz de superar en desarrollo a la economía capitalista no quiere decir que no sea posible, y para ser justos, que ningún otro país haya podido reproducir el milagro nórdico no quiere decir que no pueda hacerse, al menos no necesariamente.
 
Mi argumento a favor de la repudiada empresa estatal se basará en un análisis rápido de las economías más prósperas del mundo contemporáneo: no se han desarrollado gracias a la pequeña y a la mediana empresa, sino gracias a los monopolios. No solo una empresa se agranda a medida que se hace eficiente, lo cual es obvio y merecerá luego algunas líneas, el gran secreto de los monopolios es que aumentar el tamaño es una forma de hacerse eficiente. El monopolio es la forma económica más desarrollada que ha dado el capitalismo, y lo paradójico es que su ley de fondo (que el tamaño pueda significar eficiencia) anuncia la posibilidad del socialismo, la posibilidad de que un país aproveche al máximo su paisaje económico.
 
Toda riqueza, recordemos, proviene directa o indirectamente del trabajo. Podemos por tanto mejorar nuestra vida fabricando cosas, pero es un hecho que hacerlo de manera espontánea e individual nos mantendría en un estado primitivísimo: los múltiples sistemas de relaciones económicas no han sido más que múltiples modos de organizar el trabajo. En algún momento de la humanidad la esclavitud permitió una organización más eficiente del trabajo humano. La amenaza de muerte o tortura, nadie lo dudará, debió ser un incentivo poderoso para trabajar, pero tenía la limitante de que solo podía aplicarse a un porciento de la población (de lo contrario la amenaza de alzamiento era demasiado alta), y por tanto tendía a hacer más perezoso al otro porciento libre, que en vez de trabajar se dedicaba a preparar guerras periódicas, con el fin de una redistribución más favorable de los esclavos. Mejor era inventar un sistema en el que los señores feudales, es decir, los afortunados que por una u otra razón se habían hecho de una fuerza militar, cobraran impuestos al resto de la gente a cambio de protección. La necesidad de pagar impuestos, y la de comer, harían trabajar a los pobres campesinos, pero aquel sistema de relaciones económicas necesitaba tanto la desprotección, la pobreza de las clases más bajas, que terminó quedando obsoleto. Incluso hasta principios del siglo xx el capitalismo conservaba rezagos de la atrasada mentalidad feudal: el burgués prefería la pobreza de su potencial mano de obra, para así permitir salarios más bajos y márgenes de ganancia más altos. No fue hasta épocas muy recientes que la burguesía descubrió que aumentando los índices de consumo del propio proletariado terminaría vendiendo más cosas y por tanto recibiendo ganancias más altas. Notemos cómo en el fondo el progreso se basa en el perfeccionamiento de la gestión del trabajo humano.
 
Así como las superficies tienen un coeficiente de fricción, y entre más se alise una superficie mejor se aprovechará el trabajo de un vehículo sobre ella (con esto quiero decir su gasto de energía), la humanidad ha creado modos más eficientes de que nuestro esfuerzo traiga resultados. La competencia entre las pequeñas empresas privadas comenzó a ser disfuncional dentro del capitalismo porque implicaba constantes bancarrotas y ruinas, trabajo desperdiciado, y también porque en definitiva una gran empresa, al tener control de un mayor número de factores en el proceso de producción y distribución, al cometer menos errores, puede permitirse mejoras tecnológicas más rápidas y por tanto el abaratamiento de los costes productivos. Los monopolios han hecho posible que las crisis del mundo desarrollado sean a causa de la excesiva y no de la insuficiente producción. Ya he dicho que dentro del capitalismo de nuestros días no solo una empresa al hacerse más eficiente tiende a agrandarse, sino que al agrandarse tiende a hacerse más eficiente: hay un punto a partir del cual el sistema que gestiona el trabajo gracias al interés inmediato de acumular capital, para impulsar entonces una empresa propia, queda obsoleto ante el nuevo, donde los individuos comprenden que es más ventajoso escalar las poderosísimas estructuras corporativas que intentar tontamente competir con ellas. Cada vez el emprendedor capitalista es menos el fundador de un imperio que el funcionario de un imperio que ya existe. Los monopolios suelen durar mucho más que las pequeñas y medianas empresas, y de hecho cada vez es más difícil la aparición de uno nuevo.
 
En los últimos años los nuevos monopolios han surgido gracias a ese terreno casi virgen que es la informática, cuyo uso generalizado tiene apenas unas pocas décadas de edad. Las empresas relacionadas con la informática experimentan hoy la competencia feroz que en otros campos ya dio como resultado a vencedores prácticamente inamovibles, cuyos únicos movimientos suelen ser fusiones para construir empresas todavía más grandes. Es lógico que de esa arena (la informática) salieran gladiadores enaltecidos por los medios de comunicación del mundo capitalista como ejemplos de emprendedores, personas cuya visión los ha llevado al éxito en un sistema que necesita todo el tiempo recordar sus ventajas, la máxima de que cada hombre puede hacerse a sí mismo. En realidad, de no ser por la informática, en el mundo ya hubiera desaparecido el mito del hombre hecho a sí mismo desde los años noventa.
 
El actual sistema de monopolios, además, no desaprovecha el deseo natural de emprender, por el contrario: aniquila la competencia más inútil, la burda competencia entre capitales, y se centra en la competencia entre las ideas, los proyectos. Primitivos los tiempos del capitalismo en los que el propietario de cada pequeña fábrica trabajaba para arruinar a la pequeña fábrica vecina, aquellos emprendedores hoy nos parecen barbáricos cuando se les compara con los nuevos, con los que trabajan con un abanico impresionante de cifras y estadísticas, y planifican con precisión cada jugada. Tienen salarios colosales, quizás excesivos, pero a menos que compren acciones en la bolsa constituyen asalariados, es decir, su fuente de ingresos no es la propiedad, no constituyen ya exactamente capitalistas tradicionales.
 
El crecimiento desmesurado del sector financiero a partir de los años ochenta ha traído como consecuencia la separación de dos funciones que antes estaban mucho más relacionadas en el capitalismo: la propiedad y la gestión empresarial. Antes era común que alguien poseyera una fábrica y se ocupara de gestionarla. Ese alguien era capitalista, es cierto, pero a la vez estaba haciendo función de asalariado, estaba trabajando: en primer lugar porque se ahorraba dinero, en segundo porque le permitía vigilar el negocio en persona, cosa que entonces era muy recomendable, producto de la escasa sofisticación de los mecanismos de control. Sin embargo esos días ya nos parecen lejanos. El capitalista ha llegado a una explotación pura, sin necesidad de gestión siquiera. Las empresas funcionan a la perfección sin él.
 
En la práctica, el estado norteamericano podría ser hoy dueño de las acciones de todos los grandes monopolios bajo su jurisdicción, y eso no los afectaría en nada. De hecho el diálogo entre lo que hoy constituyen monopolios separados probablemente permitiría gestiones más cómodas y tal vez contribuiría evitaría las detestables crisis económicas. Los adelantos técnicos, las innovaciones, se seguirían produciendo con igual o mayor rapidez que en nuestros días, porque a fin de cuentas los científicos rara vez son accionistas de la empresa para la que trabajan, y los directivos y funcionarios que hoy compiten por las acciones del lugar donde trabajan, una vez que se anule el propio mercado de acciones y desaparezca el deseo de pertenecer a él, competirán entonces por los beneficios naturales de sus puestos de trabajo, que no serán bajos en lo absoluto, y sobre todo por el reconocimiento social y la felicidad indiscutible de ascender en un sitio.
 
Entonces, hemos roto la disyuntiva engañosa de mayor o menor apertura a la propiedad privada, en la que tristemente se centra la mayoría de los debates en torno al desarrollo económico en los países con gobiernos de izquierda. En la búsqueda de ese punto imaginario se han derrochado ya demasiadas horas que no se recuperarán jamás. La libre competencia ya ha desaparecido en el capitalismo desarrollado, apenas se restringe al sector de la alta cocina u otros semejantes, en los que la gente odia la impersonalidad de las grandes cadenas de restaurantes. Y la libre competencia no ha desaparecido por leyes, no está prohibido montar una nueva fábrica de enlatados, simplemente ya no es rentable hacerlo, las relaciones económicas del capitalismo se acercan a un punto de quiebre. De hecho, en el caso norteamericano, las leyes llegado un punto ponen trabas a la monopolización, y es esta una de las razones por las cuales la centralización de su economía no se ha producido a un ritmo todavía más vertiginoso. Las leyes antimonopolio en apariencia deberían tener el apoyo de la izquierda, pero en el fondo solo están tratando de perpetuar el modo en el que tradicionalmente funcionó la economía norteamericana durante siglos, están demorando la posibilidad del socialismo. Está claro, para establecer en ese país el socialismo no basta que el estado sea dueño de las acciones de todos los monopolios norteamericanos, numerosas reformas sociales estarían por hacerse, pero intento restringirme al aspecto económico, para no agobiar al lector. Intento mostrar una tensión interna en su sistema de la que pocas veces se habla.
 
La gran interrogante puede parecer por qué, si la Unión Soviética y tantos otros países pusieron bajo un solo mando sus respectivas economías, quedaron tan atrasadas en el aspecto económico al compararse con el capitalismo más desarrollado. La respuesta es simple: sus economías nunca funcionaron como monopolios, sino como una sumatoria de empresas aisladas, similares en su funcionamiento al precario capitalismo decimonónico existente antes del triunfo bolchevique. Observemos cómo el crecimiento económico de la Unión Soviética comenzó a desacelerarse en la segunda mitad del siglo xx, justo cuando terminó de consolidarse en Occidente el capitalismo monopolista, una forma económica mucho más eficiente. Los soviéticos nunca abandonaron el siglo diecinueve en cuanto a su gestión económica, y recordemos que esa es una de las principales críticas que hizo el Che a su sistema. Los soviéticos no solo no introdujeron sus avances tecnológicos a la producción, no solo desviaron una barbaridad de recursos al sector armamentístico, no solo desatendieron la agricultura y la industria ligera en favor de la industria pesada: su problema matriz estuvo en calcar las herramientas de un capitalismo que no se había desarrollado lo suficiente, y luego tener que competir con el capitalismo ya bien desarrollado. De haber aplicado la manera de pensar de los nuevos monopolios occidentales, hubieran introducido sus avances tecnológicos a la producción, no hubieran desviado tanto dinero al sector armamentístico y definitivamente no hubieran desatendido la agricultura y la industria ligera en favor de la industria pesada. El monopolio piensa en un sistema de ganancias y rentabilidad que no es malo de por sí, lo que es malo es la explotación, que ya es diferente. Los socialismos tradicionales se basaban en una benevolencia insustentable, puesto que se basaba en la ayuda inmediata a la gente, y no en el crecimiento económico, no en la movilidad del dinero. Nuestro país vio estancada su economía cuando intentó construir monopolios de manera artificial, durante los años sesenta, y por el contrario se desarrolló cuando retomó el verdadero monopolio que se había creado en la isla, el azucarero. Lo que sucede es que la experiencia ha demostrado que el mundo es demasiado cambiante como para arriesgarlo todo en la monoproducción. Sobre el caso cubano quisiera escribir un artículo aparte, donde además planteara soluciones concretas.
 
La palabra socialismo hoy se usa no pocas veces con miedo, superficialidad o hipocresía. He preferido mostrar mi postura de lo que significa socialismo en el aspecto moral en un artículo titulado «El mito del emprendedor». Estas líneas están referidas al aspecto económico. No creo que el silencio de Marx acerca de la transición al comunismo, así como las críticas a los socialistas ingenuos de su época, fueran simple casualidad. Sospecho que Marx intuyó muy bien que al sistema capitalista le faltaba desarrollarse. No era adivino, y no podía saber lo que iban a constituir los monopolios, ni la superproducción, ni el titánico sector financiero, pero quizás intuyó que el punto de quiebre del sistema no podía ser simplemente moral. Por más que nos duela, el conocimiento de la injusticia de un sistema no basta para derrocarlo. Actualmente, a diferencia del siglo xix, el capitalismo trata de regular sus empresas para conservar el ápice de libre competencia que le dio origen y que lo justifica, tal y como los monarcas empezaron a regular a los crecientes burgueses, cuando notaron que los estaban convirtiendo en obsoletos. Creo que desde hace décadas el socialismo constituye una opción cada vez más viable, y no solo para el mundo desarrollado. Tal vez sea en el mundo subdesarrollado donde su victoria se vuelva más posible, dado que en él las contradicciones sociales capitalistas son más fuertes y esto permite a sus pueblos hacer saltos de fe que el miedo a perder la comodidad dificulta a los norteamericanos o a los europeos.
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