Indigestión cultural

Pareciese como si el problema fuera nuevo, por la reiteración de los debates en los últimos tiempos; por los programas que se le dedican en la radio y la televisión; porque es una preocupación esencial en los balances del sectorial de Cultura y en las asambleas de la UJC y de la FEU… y unos cuantos «porqués» más que obviaremos para ahorrar líneas.
Pero la relación entre el «consumo cultural» de muchos jóvenes y su indiferencia hacia parte de nuestros valores identitarios, no es novedad alguna. La cosa «viene de atrás»: de las limitaciones económicas relacionadas con el Período Especial y de la apatía de funcionarios de instituciones culturales acostumbrados a cumplir con planes y documentos burocráticos, más que con el disfrute y crecimiento espiritual del pueblo.
Si lo duda, recomiendo fijarse en las carteleras de unos cuantos centros que no cobran la entrada en CUC. Descoloridas están algunas, concebidas con pésimo gusto otras, y no faltarán las que llamen la atención por los errores ortográficos más que por la originalidad de su diseño.
Ahora la culpa es del «paquete», que le hace “la guerra” a la cultura. Eso apuntan muchos, quizá porque es más fácil encontrar los pecados ajenos antes que las faltas propias. Pero no creo que la costumbre de asistir a los cines, por ejemplo, se haya perdido debido a los gigabytes que hoy se transportan de mano en mano.
No es a causa de la «era digital» que muchas salas oscuras de nuestro país han olvidado los días de gloria en que las taquillas se colmaban de espectadores. No es por ese motivo que permanecen sucias, destruidas, semejando saunas malolientes; o promocionando supuestos estrenos que el público ha visto decenas de veces en casa. Es responsabilidad de programas de reparación esquivos y una distribución fílmica calmosa e ineficiente.
Que los jóvenes escojan películas al azar, porque nadie les dice con cuál pueden aprender la verdadera historia de un país, o si es buena la fotografía o la dirección de arte, es culpa de la prensa y de los críticos, pero también de profesores, promotores culturales e instructores de arte.

Si una maestra dedica el rato libre a hablar frente a los pioneros de la telenovela La Gata, en vez de llevar libros para incentivar el interés por la lectura, está claro hacia dónde irán dirigidas las inquietudes escolares.
Y si el Día del Educador en una escuela primaria de un territorio cualquiera se celebró con modelajes a la usanza extranjera, que «cuqueaban» al erotismo, en vez de promocionar las cubanísimas tradiciones en el vestir; y, para colmo, un programa del Canal Educativo lo puso como buen ejemplo, ¿por qué buscar culpables foráneos a nuestra banalidad?…
La misma suerte que hoy corren los cines se avizora para los museos, pues los interesados en viajar a la semilla, a veces salen decepcionados por la baja profesionalidad de algunos especialistas que te dicen tranquilamente: «Si tienes duda, pregunta», y se ponen a conversar de cualquier tema, como me sucedió en el Museo Matachín, de Baracoa.
Podríamos seguir culpando al «paquete» —del que no soy «amiga ni pariente—; pero entonces dejaríamos de ocuparnos de la pésima calidad de los programas de televisión que no aportan, sino restan neuronas; o promueven la búsqueda de opciones novedosas y atractivas… en otra parte.
Tampoco tomaríamos en cuenta los proyectos comunitarios, casi desconocidos por la población, porque los periodistas nos ocupamos más de los eventos nacionales que de la cultura que nace de nuestras raíces. Pasaríamos por alto la ineficacia de la promoción cultural, y de programaciones que apuestan por agrupaciones foráneas, en vez de aprovechar el «talento del patio», cuando los artistas de los municipios están ávidos por darse a conocer, y algunos proyectos viajan hacia otras tierras para encontrar espacios donde presentarse. Tal parece que en este laberinto hay más de un minotauro entorpecedor del arte y la cultura.
No hay que obviar un fenómeno que promueve valores y costumbres contrarias a nuestra identidad, como las que atraen a muchos en el «paquete semanal». Pero más allá de centrar los debates en lo que ve o consume nuestra gente, sería más productivo que desde cada territorio se revise lo que hacemos mal, o lo que dejamos de hacer, y cuáles son las soluciones que inmediatamente podemos adoptar.
Al fin y al cabo, los jóvenes escogen lo que más les interesa de lo que tienen a mano; y desdichadamente, lo que tienen a mano, no siempre es lo mejor.
Liudmila Peña Herrera













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